viernes, 9 de diciembre de 2011

Murias


Muria con Pampajarito
Morales del Arcediano
Noviembre 2011

Haré una serie de entradas en las que no hablaré mucho, pondré cuatro fotos en cada una hasta completar cuatro capítulos con el mismo título, Murias.  Acompañarán a Camisa de once varas y Muros, en Arquitectura, las últimas que  escribí en esa etiqueta y en las que también incluí fotos de muros, pero modernos, con mortero de cemento y arena.

La pimienta de muros, el Sedum acre, con ese gracioso nombre popular de Pampajarito, es una planta típica de la península Ibérica que puede ser incluída entre las crasas europeas por sus hojas carnosas donde acumula gran cantidad de líquidos, con radículas extendidas que no profundizan ya que se desarrolla en terrenos muy pobres y, más frecuentemente, sobre sedimentos vegetales en los muros y tejados, sin sustrato de base.
Necesita acumular reservas porque en tiempos de sequía no podrá extraer nada de un terreno inexistente. Así se comportan la mayoría de las crasas o los cactos que son las  prototípicas.

La razón de esta serie que anuncio la he explicado un par de veces. Es una promesa privada que hice a Philine Kleinknecht, una fotógrafa alemana a la que parecen gustarle las murias tradicionales. Y la  poesía. Pero de esta locura mía ella no sabe nada y dudo que se llegue a enterar. Así que fue por ella pero va por todos.

Arenisca y esquistos
Morales 2011

Como a mí también me gustan y la excusa es buena para compartir imagénes, ahí quedan.

Cualquiera diría que un muro, que se ha levantado sobre todo para separar y dividir territorios, propiedades y personas, pueda servir de objeto de intercambio estético.
Pero volvemos al trigo, los muros no son responsables de la burrez de los hombres.

Tampoco creo que a Philine le gusten los muros que se levantan contra la gente. Ellos han tenido durante años un ejemplo sangrante.
No todas las funciones que cumplían los muros eran, no obstante, para reafirmar o conservar la propiedad privada o colectiva. Eran a la par defensivos y ofensivos, contra otros grupos humanos, pero también contra los animales, o para protegerse de la intemperie.
Así nació la vivienda cuando abandonamos la gruta, de la conjunción de un muro y un techo.

Pero a priori el muro no es un símbolo simpático, remite más a la intolerancia que a la hermandad.

Esquistos y pizarras al sol

Y está el muro por excelencia, el de la cárcel, el que todo preso quisiera escalar. Pero coronado por alambradas y antes hay que sortear las eléctricas. El muro ya no es lo que era. Genuino sólo queda el de las lamentaciones, protegido por otro más vergonzoso y por la muralla del miedo de los fascismos impenitentes asustapueblos.

¡Y claro, los muros religiosos, raciales, económicos..., que no cesamos de levantar sin tumbar los anteriores!

Y éstos, las reliquias, que ya no tienen por función separar porque ellos también hacen el pueblo, donde por cierto queda ya poca gente viviendo. Casi son restos arqueológicos. Algunos de ellos, sin duda, tienen varios siglos de antigüedad, con muy pocos retoques de tanto en tanto.

Teniendo presentes pues las razones históricas, prácticas del nacimineto de los muros y el panorama real del Muralismo rampante en lo político,  nos quedamos con estas murias que son monumentos a la sobriedad, equilibrio y laboriosidad de los pueblos. Porque Morales del Arcediano sólo es un caso, notable, entre muchos.


Morales del Arcediano
Piedras doradas al atardecer
Noviembre 2011

A pocos kilómetros de Astorga, capital y cabeza de la región, Cepeda, Sequeda, Vega, etc., en la Maragatería está asentada Morales, a la vera del río Turienzo. Patria chica, como sabréis, de dos currucas pardas, la Blasensis y la Centenalis.
El modelo de construcción es muy semejante en todos los pueblos de Maragatería, donde la piedra es el material mayoritario. Arenisca, esquistos y pizarras muy alteradas son las rocas típicas. Pero los tejados son de teja.

Aunque la tapia, un tipo de muro de barro y cantos rodados prensados, es más frecuente en las otras zonas, que no cuentan con afloramientos de roca y sí con barreros en toda la ribera del Tuerto y tributarios, excavados por el río desde tiempos geológicos, en Maragatos también se encuentran tapiales, menos frecuentemente sin embargo. Por eso daremos espacio a los de piedra. Tiempo habrá para las tapias.

Trataré de intercalar otros temas entre los capítulos para que no resulte pesado a quienes no les vaya el asunto.
¡Y no iba a escribir!, no me quedarán palabras para tanta foto...

Continuará.

Salud y puertas abiertas.

Barbarómiros.

P.D. Quilapayún. La muralla.



Besos.


jueves, 8 de diciembre de 2011

La bodega del manco


Oviedo, noviembre 2011

No sé cómo, desde el comedor de Valle Inclán en Vilanova de Arousa vine a parar a una caja de cartón en los jardines públicos de la Facultad de Geología, en Oviedo, muy cerca de casa.

Me despertó un guardia de seguridad cuadrao, uniformado y correcto que me parecía conocer de vista. Llevaba en la mano la última novela de Petros Márkaris que a mí ya me espera desde hace dos meses sin tiempo para abrirla.
Sentí un poco de envidia del jurado que iba a despachar al griego antes que yo, un medio cretense. Me ví más pordiosero que nunca.

Al incorporarme tuve un vahído y el hombre me echó mano. El gesto me pareció raro en un medio policía, que además de lector era piadoso, me gustó. La ropa me olía a vinazo y a humo y sentía la cabeza blanda blanda.

¿Podría llevar los cartones hasta aquel contenedor?, me preguntó muy amablemente, y me señaló  el lugar, cercano. Le dije que por supuesto. Me dió las  gracias y yo a él y me fui poco a poco, aún sorprendido, arrastrando la caja.
Me retumbaban en la cabeza hasta las pisadas. De vez en cuando miraba hacia atrás y allí seguía el guarda, bajo el árbol en el que yo había dormido, viendo como me alejaba.

Había un sol raquítico en un cielo azul pálido y hacía frío. Un frío seco aunque no había helado, tal vez nevara en el monte esa noche porque la brisina cortaba.

Llevaba puesto un chaquetón marinero que no reconocí como mío, sucio y arrugado. Calzaba una especie de zuecos con talón incluído, como un zapato de madera pero con cordones de cuero. ¿De dónde había sacado aquel indumento?. ¡Ah, y me tocaba con una boína!, con acento en la i, como decimos en las cuencas mineras.
Tenía todos los síntomas de una resaca monumental.

En casa ya no había nadie. Me duché, tomé un zumo de tomate y me metí en la cama.

Con un cebollón notable aún, la cabeza floha, me levanté a preparar la comida de la familia pero, ya compuesta, no la esperé, bebí un poco de agua con limón y volví a la piltra.

Desperté sin saber dónde estaba ni qué hora era. Por el ruido de la calle pensé que sería en torno a la media noche. En el despertador de mi compañera lo confirmé.
Tenía una especie de culebrillas en el estómago y me levanté a comer algo.
Mientras iba pensando por el pasillo en freír unos huevos recordé al pobre Satur, el actor que hacía de criado del genial manco. Parecía un buen tipo. Tendría que esperar todavía un buen rato en Xufre, el día de la celebración de su santo precisamente.

La noche de San Saturnino

Pero cuando busqué en la puerta la llave para encender la luz de la cocina no la encontré.
Me sentí tan perdido en la oscuridad que temí un ataque de pánico. Un escalofrío helado me recorrió el cuerpo.
Quise volver atrás pero apenas veía y nada me resultaba familiar.

Al final de un pasillo bastante ancho, que atravesé tanteando una de las paredes y algún mueble de madera adosado a ella, había una puerta. Por la rendija inferior parecía salir un levísimo resplandor.
La empujé al llegar y bajé por lo que parecía la escalera mal trazada de un sótano. La escalera bajaba describiendo una espiral y aumentaba la luz, tal vez de alguna lamparilla, a medida que descendía.

No sé porqué me esperaba algo parecido cuando llegué abajo. O sí lo sé tratándose del anciano esperpento.

La mesa estaba puesta con tres enormes platos de quisquillas, dos empanadas aún sin partir y un perolo humeante que olía a unto y grelos como el aliento de Saturno, ¿o eran berzas o repolo?, no afino tanto, pero fué lo primero que capté antes de ver nada. Algún potaje galego, el Caldo que es la esencia del país.

Eché un vitazo antes de que advirtieran mi presencia. El sótano era grande. No hablaban. Aparte del espectáculo de la mesa en su punto, aparecía todo bastante desordenado y puerco. Se veían en la penumbra varias cubetas y un bocoy, bultos amontonados junto a las paredes y cajas en estanterías medio arrumbadas.

Satur estaba agachado sacando vino a una jarra de barro de un cubeto mugriento en una esquina del bodegón.
Don Ramon sentado en uno de los dos bancos corridos que flanqueban la mesa parecía pensativo. Con la barbilla apoyada en el mango del bastón de la lechuza miraba al suelo.
Había un quinqué en el centro de la mesa y una lamparilla de aceite alumbrando el rincón de la bodega donde trajinaba Saturnino.

Enseguida vi las cajas.

El tesoro de don Ramón

Después de este breve reconocimiento de cómo estaba el patio carraspeé y dije buenas noches.

¡Hombreee, Paco er Feo!, saltó don Ramón, ¡El que fartaba pal trípode! ¿Qué pasa pollo no encontró las polainas?
Entonces me dí cuenta de que iba descalzo y en calzoncillos. No supe qué contestar.
¡Arrée a bestirse que ya está la cosa que arde!
Titubeé..., Es que no sé dónde dormí.
¡Donde dejó la ropa, carallo!, chilló girándose hacia mí, y a continuación dirigiéndose a Saturno, ¡Acompaña al Pupas a su habitación, y ligeros o empiezo con las quisquillas! O mejor, vete tú y tráele lo necesario.

Lo veo a usted algo perdío últimamente, me dice nada más desaparecer el criado y añadiendo el tono flamenco que había empezado con el Feo.
¡Pues no salgo de casa!, dije casi con toda el alma, y añadí más calmado, Al que más veo es a usted.

Estaba de pie y Valle ordenó que me sentara. Llenó dos vasos de vino, cortó con la mano un pico de la empanada más cercana y me lo pasó. Le eché un bocao.
Ví que iba a brindar y cogí el vaso.
¡Por la copla y por el Tío Silverio!.
Bebimos y de pronto Valle se arrancó. La letrilla era guapa pero cantaba tan mal que daba tristeza y vergüenza ajena oírlo, pero era su invitado y no podía cortarle el flús, desairarlo.

Ar campito solo
me voy a llorá:
como tengo yena e pena er arma
busco soleá

Aquello sí que daba ganas de llorar, ¡era una agonía escucharlo, menos mal que duró poco!
Don Ramón, le dije después de aclararme la garganta con otro trago y espantar la emoción, ¿No se le dará mejor cantar muñeiras?

Se levantó del banco como si le hubiera picado un escorpión y alzó el bastón mirándome con la cara terrible que sabe poner cuando se mosquea. Yo estaba totalmente indefenso y no había sabido preveer su reacción, aún conociéndolo, por lo que no tenía escapatoria.

En ese momento escuchamos a Saturnino bajando por la escalera. Valle me lanzó una última mirada por encima de las lentes y bajó el garrote.

Vestí rápidamente la misma ropa rústica y anticuada que había quitado por la mañana. Pero alguien se había ocupado de cepillarla y curiosearla un tanto. Por extraño que parezca no tenía frío. Me atusé un poco el pelo mientras don Ramón me observaba con una mezcla de curiosidad y mala leche, quizás acuciado por su apetito legendario, al menos entre los muertos.
¡¿Qué, terminamos la toilette, mon petit?, me dice al fin remarcando la pronunciación francesa. ¡Andiamo presto che si  mi abre la bucca!. Y se sentó acercando un plato de camarones.

El caldo todavía estaba caliente y me serví tres tazas mientras don Ramón daba cuenta de su plato de quisquillas. Satur comió también dos tazones de caldo. Entretanto bebimos varias veces.
Cuando terminó su plato Valle cogió el de Satunino y volvió a enfrascarse en las cáscaras. El criado y yo compartíamos el tercer plato.
No sé cómo se las apañaba para pelar los crustáceos con tal rapidez con una sola mano. Tenía una habilidad increíble, acercaba el bicho a los incisivos y al instante devolvía el caparazón vacío. Y no abrió la boca salvo para esa operación o para beber.

Pero iría por la mitad del plato de Satur cuando, en uno de sus gestos repentinos, se levantó de golpe y dijo, ¡Carallo, no hicimos los honores al homenajeado!
Llenó los tres vasos y soltó el brindis:

¡Por Saturnino, gloria de España y prez de Galicia, el granuja más servicial de cuantos la escena patria y a nosa terra han parido!
Don Ramón, que sólo teño una madre, dijo Satur con timidez.
¡Tú calla, turiferario, que no buscas sino arruinarme la loa!, rugió el viejo.
Don Ramón..., quise terciar yo poniendo paz, pero me cortó en seco.
¡Chitón, rábula, que este bigardo con chepa se defiende solo! ¡Al cuento! ¡Por Saturnino, la carabina de Ambrosio y el Capián Araña, que embarcó a la gente y se quedó en tierra!. Ya estaba lanzado y siguió brindando, ¡Por Saturnino, domador de lagartijas, émulo de la Isabelona y del conde de Romanones, acechador de conventos y explorador de bodegas ajenas, amigo bueno bueno!

Con ese tierno final y una sonrisa picarona dirigida al jorobado alargó el vaso para entrechocarlo con los nuestros. Cumplido el rito vació el vino y se sentó satisfecho a terminar cuanto antes con las quisquillas, que en efecto despachó en un santiamén.

Cubas vacías en Vilanova

Acabados los camarones, Valle sacó de algún sitio su mondadientes de 25 centímetros largos y cortó las empanadas en seis trozos, luego se sirvió un tazón de caldo.
Era bien raro el cabrito, tomaba seis o siete cucharadas de caldo y le daba unos bocados de Pantagruel a las empanadas. Una era de vieiras y la otra de berberechos, riquísimas las dos. Colocó un trozo de cada una a cada lado del bol e iba alternando. Entre sorbos al caldo y mordiscos a las empanadas superó mi marca y pudo con cuatro tazas.

Cuando finalizaba la última le hablé.

¿No está ya un poco frío el caldo, don Ramón?
¡Ca!, estas perolas modernas guardan muy bien el calor. Metió la cuchara en el tazón y me hizo tragar una cucharada.
Era cierto, aunque la pota me parecía de ésas antiguas de aluminio y de la peor calidad.

En la mesa había también una tarta que resultó ser obra de Saturno. Era de nueces y no dejamos  un grano de lo rica que estaba.
Con ella, por fin, don Ramón abrió una botella de Terry, del viejo, encorchado. Porque en primer plano había visto ua caja de Fundador más joven, de la siguiente generación, con tapón metálico de rosca, aunque todavía sin el invento moderno que la hacía irrellenable, es decir también con sus buenos cuarenta y pico años reposando en la botella. Las conocía bien porque mi madre también guardaba alguna.

Con aquel remate de dioses se nos puso a los tres una cara de merluzos indescriptible.

Yo me veía cuatro manos y a don Ramón completo, con dos derechas y dos muñones izquierdos.  Cuando al hablarme acercaba la cara me parecía el ojo facetado de una mosca, con ocho ojos como mínimo, cuatro de los quevedos y otros tantos de los ojos.
Satur aparecía y desaparecía  porque me lo tapaban dos perolos enormes.

De improviso Valle se levantó y alzando el vaso lleno gritó:

¡El Puerto de Santa María,
viva er cante y viva Cai, y viva
el Tercio Viejo de Lombardía!,  

A mí me dió tal susto que se me calló el mío de la mano. Don Ramón se bebió el suyo de un trago tras el brindis y al posarlo me miró con su ojo de mosca y me dice, Pollo, no le sienta bien el brandy, vamos a cambiar de palo. Yo inmediatamente pensé en la madera del chibuquí.

El manco salió de la mesa, parecía que con intención de dirigirse a la escalera, pero se veía muy cargado y antes de llegar trastabilló y cayó. Saturnino, que estaba más lejos, llegó antes al viejo y lo ayudó a sentarse otra vez en el banco.
El arousano no renunció sin embargo a subir y al poco le dice a su criado, Vamos paseniño, Saturnino, que más pindio es el Purgatorio.
Satur me hizo un gesto que no supe interpretar porque a duras penas le veía las dos jorobas. ¿Quería que esperara o que los siguiera?
Miré la bodega llena de cachivaches y el culo que quedaba en la botella de Terry pero no me apetecía beber más.
El agujero negro, cuadrado, de una cuba vacía como una boca abierta, me animó a elegir la segunda opción. Los seguiría.

Fui dando tumbos hacia el arranque de la escalera mas me pasó lo que a Valle, vine al suelo. No me había hecho daño, pero no me podía levantar, poco a poco, reptando, ascendí los empinados escalones.
De don Ramón y del chepa ya no había rastro. Y el pasillo estaba tan oscuro como antes y aún daba más miedo.

Volví atrás y... bajé rodando las escaleras.

No recuerdo más.

Boas noites!

Y. Emboca.
   

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Οι πατάτες απο την Χίο


Grecia 2011

Las patatas de Jíos.

Uso la J cuyo sonido me parece el más cercano al de la X griega, para otro de los nombres de una isla cuyas diferentes grafías y sonidos suelen inducir a errores. El más frecuente es confundirla con Ios una de las Cícladas. En letra latina la podemos encontrar como Xíos, Híos, Chíos, Gíos, Quíos..., pero todos los nombres responden a una sola isla, uno de los lugares que más motivos tiene para disputar a otros el honor de haber sido la cuna de Homero.

No sólo reivindican el pueblo donde nació, Volissós, en el oeste, sino tambien el lugar donde ejerció su magisterio de poeta y aedo, en la costa que mira a Anatolia, en la Daskalopetra, la Piedra del Maestro.
A mí, al margen de localismos chauvinistas, me gusta pensar que la atribución es cierta porque se trata de una de las islas más guapas del Egeo norte. Agreste, pétrea, dura y amable a un tiempo con sus profundos valles húmedos y sombríos, o sus desiertos de caliza de vegetación raquítica abrasada por el sol.
Y un azul profundo inigualable, sobre todo en muchos rincones olvidados de la costa donde se bañó el Maestro por primera vez. La que mira a otra islina de la que hablaré más veces, Psará, la de Mitsos, de la parea de Agioi Apostoli de este año.

Estuvimos  en Jíos cuatro días en el 91 e hicimos el periplo completo de las visitas obligadas. Además de lo ya mencionado, la Masticojoria, los pueblos donde se cosecha la Mastika, la almáciga, una resina gomosa que segrega el lentisco, de donde se saca un chicle y una especie de caramelo blanco, muy blando, una golosina refrescante que sirven sumergida en un vaso de agua fría y una cucharilla para ir chupando el caramelo. Para los niños sobre todo, pero también como presente de bienvenida al viajero asfixiado, por ejemplo.
Y allí los preciosos pueblos de Pirgi y Mesta, que conservan intacto todo el sabor de la arquitectura popular, en este caso matizada por sus defensas contra las incursiones de los piratas.

¡Inolvidables ristras de tomates secándose al sol en los balcones!.

Y el interior de la isla alterna el desierto calizo con el verdor de valles como el que acoge el recóndito monasterio del siglo XI, Nea Moní.

Jíos era una isla rica, de astilleros de grandes barcos y armadores, las casas lo atestiguan, en especial la región llana de Kambos. Los capitanes más cualificados eran los suyos. Lo aseguran hasta las canciones griegas.
Ésta, conocidísima, de Giorgos Zambetas es un clásico de la música popular que enseña cómo reunir la mejor tripulacion de un barco: Pare navtaki sirianí, coge marineros de Siros, lostromo pireotis, contramaestre del Pireo, mijánikos mithilinios, mecánico de Mitilene, timoni kalamatianós, timonel de Kalamata ke kapetanos xiotis, y capitán de Quíos.


La capital, del mismo nombre, es una ciudad animada y muy ruidosa en verano, en particular en el entorno del puerto. Pero a causa del jaleo siempre escapamos de allí, aunque nos gusta. Tiene personalidad.
Como en Mitilene, Lesbos, hay cafeníos antiguos señoriales, con espejos enormes y mucha madera vieja, al estilo de nuestros casinos decimonónicos. Y calles donde, según contaba una vieja guía, se olía el humo del narguilé, del haschís.
Allí oímos hablar de y escuchamos por vez primera a Kostas Roúkounas el famoso rebetis de Karlovasi, en Samos que, como no podía ser de otra manera, también pasó por Atenas y el Pireo en los años dorados del rebétiko.

Pero aún frecuentábamos más un local de pitas y asados a la plancha y a la brasa, sta cárbuna, como dicen los griegos, que llevaba un chaval joven, activo y con muy buena mano. Solíamos pedir mia merida, un plato, una ración mediana de los mismos ingredientes que suele llevar la pita, carne de cordero o cerdo, patatas fritas, tzatsiki, y tal vez un trozo de tomate, pepino y cebolla, o una ensalada.

Volvimos a pasar dos veces por la isla.

La segunda sólo fue una escala nocturna de dos horas del Agios Raphael, un ferry antidiluviano con el que era inevitable toparse alguna vez en el Egeo. Hacíamos la ruta inversa a otros años, de sur a norte, veníamos de Samos e íbamos a Limnos.
En esta ocasión sólo bajamos a comer unos gabros fritos en un barín del puerto y a mí por poco me cuesta quedarme en tierra.
Para bajar tuve que enseñar el ticket y al volver lo había perdido. No me dejaban subir ni pagando, los pasajes hay que comprarlos con anterioridad en las agencias pertinentes o en las taquillas externas.
No sé si me bacilaban pero se lo tomaron a pecho. Los ruegos de la morena de mi copla con la que viajaba y el hecho de tener la mochila en el barco no los convencía.

Por fin me dejaron subir porque yo insistía en pagar el trayecto desde allí a Limnos, pero me hicieron abrir la mochila y más tarde me vinieron a buscar y ¡me llevaron a comparecer ante el capitán!. Con mi escaso inglés y mi aún más pobre griego de entonces.
Yo veía a los oficiales muy serios, pero en el capitán enseguida me pareció ver esa mirada sabia y un poco burlona de los buenos griegos, que ahora identifico mejor.
Al final me hizo con la cabeza el gesto de que me podía ir, como si dijera, ¡Anda calamidad, mira a ver si espabilas!, pero no abrió la boca, ni me obligaron a abonar otro pasaje. A otra cosa.
Puedo decir que  casi conocí a un Kapetanos quiota, el del San Rafael, Άγιος Ραφαελ...

Y la tercera hicimos escala de un día en Jíos capital, con la intención de coger la jornada siguiente el kaike, καίκη, que nos llevaría a Psará. Después de diez días en la islina pasamos otros tres en Volissos, y una semana en Ayia Fotini, en el sureste de Jíos. Y un día más, el último, esperando el ferry de Samos, esta vez dirección norte sur.
Siempre que pudimos fuimos a comer o a cenar al bar de las pitas. Pero sólo la última vez sucedió lo que voy a contar y que explicará el porqué del título.

Pedimos un plato de cordero asado con patatas fritas y una ensalada. Nada más comer la primera patata yo estuve seguro que era de mi pueblo.
Tengo buena memoria visual, olfativa y gustativa, demostrada hasta cierto punto, pero el hecho parecía una excentricidad más de entre las varias que he vivido.
Como es natural comenté la sospecha con mi colega. Los dos nos reíamos un poco del hecho, ella por incredulidad pero yo porque estaba absolutamente convencido y me parecía un poco extraordinario. Nunca me había pasado ni se repitió y he comido patatas fritas en varios países, incluídos todos los de la península Ibérica.

Cuando acabamos fuimos a pagar a la barra y le pregunté al chaval de dónde venían las patatas que nos había dado. Dijo que no sabía porque eran congeladas. Pese a que eso podía descartar el conocer la procedencia le dije que si me  podía enseñar la bolsa.
Era de una cadena holandesa de congelados muy famosa. Ví una leve sonrisa de sorna en mi compañera cuando leí Made in Holand, pero mi convicción era tal que busqué mejor.
Cuando encontré el letrero de Envasadas en Barcelona se le congeló un tanto la sonrisa pero no desapareció de su rostro. De acuerdo, las patatas eran españolas pero de ahí a deducir que fueran de mi pueblo había un trecho. El triunfito era sólo parcial, podía ser una casualidad.

Yo no podría demostrar que las patatas fueran exactamente de mi pueblo porque creo que no soy capaz de distinguirlas de las que se producen más arriba o más abajo en la vega del Tuerto. Puedo asegurar en cambio que se trataba de Red Pontiak, Patata Roja, un híbrido americano que lleva un siglo cultivándose en León y en más lugares del país.
Pero hay otro hecho que apoya mi intuición. Gran parte de los 2 millones de toneladas que se producen anualmente en esa vega van a parar a los almacenes barceloneses, que hace más de medio siglo que las tienen apalabradas a las cooperativas y agricultores de aquellas tierras. Esas patatas se envasan en Cataluña para terceros distribuidores que las reparten por todo el mundo.

Si doy por buena la sospecha, que está avalada por miles de patatas consumidas, y que es tanto como fiarme de mi mismo, tengo que concluir que aquellas patatas de Jíos eran de mi pueblo. No es tanto la confirmación incontestable de un hecho como la fuerza de la convicción personal. Creo que me explico. Por eso tampoco se trataba de una competición con mi compañera a ver quién tenía razón y lo califiqué de triunfito.


Patata roja con pulpo a la gallega

Casi más extraordinario parece otro caso, éste de memoria visual, que se demostró cierto. Reconocí 25 años después a una prematura sietemesina de Avilés a la que yo había dado el biberón, primero en la incubadora y después en brazos, cuando trabajaba en aquel servicio. Parece más fantástico pero para mí era menos meritorio, ¡la chavala tenía exactamente la misma cara! ¡Hay que jodése!, lo pequeñín que ye el mundo...

De Roúkounas una canción de su estilo rebétiko titulada  Ούζο,Ούζο. Ouzo, ouzo (Usso, Usso). Los rebetes siempre tiraos al vicio, somos débiles y está rico.



Pasaremos más veces por Jíos, Quíos o como gustéis.

Γεία σας!, Salud.

Ramiro Rodríguez Prada.
  

martes, 6 de diciembre de 2011

Όμηρος, Χίος. Ánthropos Lines.


Όμηρος, Χίος. Ánthropos Lines
Homero, Jíos. Líneas del Hombre

Tela sobre tabla, 62 x 40,5
Ramiro Rodríguez Prada
Oviedo 2006

Homero, la literatura griega clásica en general, la filosofía o el sistema de gobierno de las Polis, desde
tres siglos antes de Pericles por lo menos, inauguran una nueva línea de navegación para los hombres en el mundo occidental conocido.

La importancia de este hecho colea y coleará, porque muchas de las ideas de los antiguos griegos permanecen casi intactas y la calidad de sus logros en muchos órdenes, la perfección alcanzada en el arte por ejemplo, a pesar de lo poco que nos llegó, nos deja mudos y no encontramos muchos ejemplos posteriores capaces de igualarse a ellos.

El Hombre, por vez primera, centro de de su propio espacio.

Los poetas dejan testimonio escrito de los mitos y de alguna manera les proporcionan una  carta de naturaleza, la más antropomórfica de cuantas se conocían. Los dioses son tan humanos que pasan del bien o el mal. Hacen su real capricho.
El cuento, del que ya se reían los Crisipos y ateos de siempre por infantil y útil a los poderosos, caló tanto en la credulidad de los hombres que aquí siguen los reyezuelos y arcontes agarrados al timón del pesebre democrático, jugando a las regatas en el proceloso mar de las miserias ajenas.
Con Papas y otros archimandritas administrando la eucaristía, η ευχαριστία. ¡Rock and roll!

http://www.youtube.com/watch?v=kkJQfjyIftY

Monajós sto Ágio Oros, Monje en Áthos. Lakis Papadópoulos me Ta psilá reber, con Los de los pantalones vueltos.

Como pasó con aquel ferry que se estrelló contra las rocas en el Egeo porque la tripulación estaba viendo un partido, nuestros monarcas o gobernantes prefieren un Madrid-Barça y que se hunda el misterio, o seguir regateando con un barco que hace agua por todas partes, en medio de la tempestad y en la calma chicha.

La nave no es suya y los armadores ya escogieron otros océanos. Corsarios aquí, piratas allá y bucaneros acuyá. ¡Bendito sea Dios!

Total, sólo es un recambio de dioses o de amos, y siempre habrá un salvavidas para un lord Jim sin honor cuando naufraguemos. Nadie grita ¡Hombre al agua! porque ya hay cinco millones en ella.
Esta metáfora debería haberla reservado para el otro blog, marinero, donde abuso de ello. Da igual.

Como diría Valle Inclán, don Ramón, ¿Y el pueblo? Tumbado al sol.

¡Homero nos valga y el Cristo Manco!

Γεια σας!, Salud.

Skylorómiros.
Σκυλορόμιρος.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Juguetes


El bombo del azar

Primero el blog, después la máquina de fotos y ahora esto de manipular imágenes. Sé que para la mayoría ya es un juego de niños pero para mí es novedad y flipo. ¡Sólo necesito color para abrir unos ojos como calabazas de Morales!
A los vieyos también nos gustan los juguetes porque aún llevamos al niño encima, o debajo. Yo, por ejemplo, lo llevo en medio.

Antes los colores en polvo para la pintura de paredes se vendían a granell. Venían en unas cubas de madera más toscas que las del vino de 25 ó 50kgs. Recuerdo meter los brazos en los colores y sacarlos teñidos de polvo de color, con la pelusilla infantil cargada de pintura, siena tostada, verde brillante, rojo inglés, azul ultramar, amarillo canario, albayalde...

Tengo completamente aparcados capítulos como Archipiélagos, Literatura griega o Chorizos culares. Y es que son más exigentes y sobre todo más serios, me cansan antes. Claro que más me cansa don Ramón Mª y no lo puedo olvidar, ni me dejaría.
Por otra parte me gusta más esta especie de diálogo de imágenes, con los amigos y con vosotros, los que leéis esto.
El hecho de tener fotografías bastante frescas de los lugares donde habitan algunas currucas pardas y otros colegas me anima a dialogar con ellos.
Casi lo hablo todo yo porque es gente ensimismada en sus labores y muy callada. Pero hay toma y daca y yo insisto.

La otra semana tuve contacto con tres canoras leonesas, dos de Morales del Arcediano, en  la Maragatería y otra de León capital. En el capítulo de las Calabazas hablé de la pareja maragata y volveré con ella de nuevo otro día.
Y el Mirlo rubio es un pájaro que frecuenta estas páginas y en la entrada de Currucas pardas, con el mismo título, incluí ayer una foto de los lugares por donde saca a Popa, su perra de aguas reencarnada varias veces.
Puse una más, Me meo, en Jotas y fandangos, en Música española. Hoy le dejo otras dos de su pueblo y de esos mismos rincones por donde pasea.

Noviembre 2011

Es una zona de pintadas en el Paseo de la Condesa cerca de San Marcos. En la arboleda paralela inferior más cercana al río Bernesga, sobre el muro que sirve de base y contención a los jardines, es donde abundan porque es lugar más solitario. Sólo anduve unos cincuenta metros y la mayoría son chambonas.
Hay algún grafitti, firmas, que no están mal, pero muy poco color y menos dibujo o pintura.

Con la que está callendo se ven muy pocos mensajes políticos y los que hay son de escaso fuste.

Otro pueblo del que todavía tengo más imágenes que de los anteriores es de Kato Petriés,  Agioi Apostoloi, el pueblo griego de los últimos veranos. Aunque me quedan menos, debo haber colocado ya unas 50.
Como resultó que Giannis Tzakós era de Petriés ahora no sólo puedo ver sus pinturas y fotos, él también podrá ver las que yo saqué de su lugar de origen. La cosa se enriquece.
Entre lo que más aprecio de Grecia está precisamente la potencia de los colores. Que va siempre unida al sol, a menudo al mar y con frecuencia a la sencillez.
Pero no puedo hablar de los colores invernales porque nunca estuve en esa estación.
Como en todas partes supongo que a la par que el sol decaerán algo los colores pero con esa atmósfera transparente que tienen no creo que lo hagan mucho.

El invierno leonés, por el contrario, tiene un color frío parecido al tiempo. El norte y el Bierzo son más verdes y vistosos, pero eso va en gustos porque nadie negará la hemosura de la meseta desolada y su falsa apariencia monocroma.
Volviendo a Grecia, es curioso que encontrara una gran semejanza entre algunos paisajes amarillos, cerealistas, agostados, de Limnos y el paisaje predominante del verano mesetario leonés.
Pero es de cielos de lo que puede presumir León en cuanto a grandiosidad y belleza, en culquier lugar.
Yo, como fotografiando personas, encuentro muy difícil también hacerlas a esos cielos espectaculares que todos hemos visto alguna vez. Me pasa también con el mar, me parece demasiado grande, excesivo, no puedo con él.


La Condesa
León noviembre 2011

El otoño parecía más avanzado en León que en Asturias, en parte debido al frío. Otra vez los colores son quienes denuncian la diferente sintonía meteorológica de un país a otro.
En Asturias, más templada y húmeda, se ven todavía muchos verdes acompañando a los amarillos y menos proporción de pardos y tostados que en León. Aunque en las ciudadades han optado por jardinerías diferentes, la de León menos lujosa pero más atenta a las especies autóctonas. Vimos algunos grupos de abedules totalmente amarillos con sus troncos gris pálido y blanco tan espirituales y bellos como el más lujurioso arce americano.

Y el bosque leonés de secano, y gran parte del catellano, está compuesto en su mayoría por  robles y encinas, con algo de pino. El color de las encinas mantine cierto verdor oscuro de fondo pero el resto son tonos del marrón, del ocre al tabaco y unos cuantos rojos. Poco amarillo ya y menos verde claro, sólo en las alamedas de ribera.
En las vegas de de los ríos, con los chopos, fresnos, olmos..., y la humedad, los colores se avivan.

Lo titulé juguetes y hablo de colores, claro ¡llevo dos meses  sin tocar un pincel!

Ya lo dije, no doy más de mín!.

Salud, Γεία σας.


Barbarómiros.

domingo, 4 de diciembre de 2011

...τη γλωσσα να σας πω


El lenguaje de las flores

... qué lengua hablaros?.
Η γλώσσα της καρδιάς σου, ελληνικά, φοτογραφίες, τη δική σου, φίλε μου,  La lengua de tu corazón, griego, fotografías, la tuya, amigo.

Las epifitas son mis preferidas entre los cactus, aunque no desdeño ninguna especie. Ésta ya es historia, acaba de morir.

¿Qué lenguaje hablamos nosotros?

Recuerdo al loco de Patzianós, en Sfakiá, que me hablaba como un político, como un filósofo y como un poeta y era a la vez los tres, y Giannis, el loco.
Mi griego es muy pobre y entiendo menos. Pero a aquel hombre se lo entendía todo y me dijo cosas que nadie me había dicho con esa vehemencia y esa dureza, y también con tanta verdad.

¡Con toda el alma!.

Πού είναι τα παλικάρια!, ¿Pu ine ta palikaria?!, ¿Dónde están los valientes?, casi gritaba Giannis.

http://www.youtube.com/watch?v=BtS8fsfR0g8&feature=related

Nikos Xyloúris, Valiente en Sfakiá, Παλικαρι στά Σφακιά, Έβαλε ο Θεόσ σημάδι.

Nuestra lengua, el castellano, cuatro palabras asturianas, gallegas, portuguesas, catalanas, andaluzas, italianas, francesas, inglesas, griegas... .
Pero el idioma más profundo es el del cuerpo entero del que quiere entenderse contigo. Por eso es tan importante la presencia en la comunicación... .
Pero  sólo estamos lejos en kilómetros, sobre el mapa.

No desesperes Gianni, a mí me pasa lo mismo!


Γεία σας!

Salud.

Μπαρμπαρώμιρος.

Eustaquio castañero


Las castañas de don Ramón

Desperté porque oí ruido en casa. Me levanté sin vestirme y fui hasta la cocina. Al encender la luz chisporroteó y se apagó. Me dió un escalofrío pese a que después de tantas batallas con muertos ya estoy un poco curado de espantos.
En la cocina no había nadie, pero enseguida ví la cesta con las castañas encima de la mesa. Una noche le había comentado a don Ramón que las de este año no eran buenas y él me había respondido, casi ofendido, que las suyas eran manteca neta, tal cual.

Pero, antes que una invitación a comer castañas, yo sabía que aquella cesta era el recordatorio de nuestra cita de esa noche, la de san Eustaquio. Era justamentela media noite. Saturnino ya me estaría esperando en Xufre.
Cuando entré en la habitación para vestirme no la reconocí y me puse a oscuras la ropa que topé a mano. Cogí un chaquetón para protegerme del frío y la humedad de la ría.

La calle estaba a oscuras, como si se hubiera ido la luz en todo el pueblo cuando se fundió la bombilla. Me quedé parado en la acera sin saber dónde estaba ni hacia dónde tirar. No me sonaba nada de lo poco que podía ver y tampoco oía las olas ni olía el mar. En ese momento de indecisión alguien me cogió del brazo. Pegué un bote de dos metros.

¡Son eu, carallo!, oí que bramaba don Ramón. ¿A quién teme, o es que está sensible?, dijo con recochineo.
¡Joder, don Ramón, usted me quiere matar!, le iba diciendo mientras me acercaba.
A eso vamos, contestó con cierto misterio, ¡Y module su verecundia, pollo!.
Es que la noche pasada Saturno, hoy el amo, parecen confabulados, ¿no pueden presentarse de manera más?..., no me salía la palabra...
¿Educada le parece correcto?
Menos brusca.
Lo siento, joven, pero nosotros no nos regimos por esas convenciones del burgués. Actuamos con entera libertad, ya alcanzamos la gloria y la edad de jubilación, estamos amparados por santa Brígida  de Suecia, patrona de Europa, mística y visionaria que, a pesar de su nombre, era muy liberal, y estuvo en Compostela antes que en Roma. Y ahora ¡en marcha!, que nos espera en Xufre Saturnino y en Vilanova un pulpo a feira que estará de muerte. Y salió como un Sputnik tirando de mín.

Enseguida chegamos a Xufre y al entorno del pino que mira a Pobra. Había una luna menguante fría entre los girones de nubes sucias que pasaban rápidas y la ocultaban a ratos. Los cuernos apuntaban a las bateas de mejillones y a las luces de Castro hacia donde enfilaríamos en breve.

Satur nos había visto y estaba aflojando los amarres del bote. Sujetaba un cabo. Supuse que esperando ya a que embarcáramos.
Valle se paró debajo del pino mirando hacia a Pobra do Caramiñal. El criado lo obsevaba sin decir palabra. Yo intenté soltarme del brazo del anciano con discreción, sin brusquedades. Pero no hubo manera, tenía el mío bien amarrado.
Estuvimos unos minutos inmóviles y en silencio hasta que vi al de la barca hacer un gesto de impaciencia.
Con suavidad lo llamé, ¡Don Ramón!, pero el de Vilanova estaba ido. Había echado hacia atrás el sombrero de copa de esa noche que doblaba en altura el tamaño de su cabeza y parecía, con la barba prolongándose hasta la bragueta, un derviche giróvago con lentes.

¡Tejerina!, gritó con voz tonante Saturno.

Don Ramón se estremeció y contestó con el mismo vozarrón, ¡¿Quién vive?!.
Al despertar tan abruptamente del trance se le calló el sombrero y me agaché a recogérselo. Me tenía intrigado el truco del actor para hacer salir del pasmo a su amigo.
¿Quién es ése Tejerina?, le pregunté al esperpento aparentando inocencia. Pero me dió la callada por respuesta. No me permite ni la más pequeña indiscreción el viejo zorro.

Subimos al bote.

La caldera del pulpo

¡Avante raudo, Saturnino, que el pulpo tiene 8 patas y no espera por nadie!, gritó Valle, de pie en la proa del bote, señalando las luces de a Pobra con el brazo y el índice extendido como Colón en Barcelona.

Sin embargo el criado no parecía tener mucha prisa en realidad y por su actitud temí otra navegación accidentada sin destino final, como la del primer intento de chegar a Vilanova que no cuajó y terminó a una milla escasa del pueblo, yo febril y tosiendo.
Pero me equivocaba, nada más salir del entorno de las bateas viró dirigiéndose al este sin llegar al centro de la ría, remando más cerca de la costa con la misma energía que la otra vez.

Don Ramón lo alentaba desde la proa con voces del tipo, ¡Rema diablo, que la Estigia es angosta!, o ¡Ábrete infierno que chega el señor de Valle! o, ¡Raja la ola, maldito, que nos alcanza la turquesa!.
Estábamos ya a tiro de piedra de Vilonova, aunque sólo adivinábamos las casas, porque no había luz, como en la Illa. Se veían luces a babor por la banda de a Pobra y a estribor un pequeño resplandor hacia Cambados.

El manco parecía más excitado a cada momento. Braceaba con el muñón y con el bastón en la mano buena, en plan Tizona, lanzaba mandobles a las olas que nos entraban un poco de través y le salpicaban la capa.
Chillaba como un condenado, ¡Perras, qué numen pérfido dirige vuestra saña!, ¡Traidoras atacad de frente!, e intentó hendir una ola. Estuvo a punto de caer y el sombrero bailó en su cabeza un momento.
El pequeño bote cabeceó y yo me vi en el agua.
¡Don Ramón!, lo llamé intentando aplacarlo. Pero estaba fuera de sí y ya no recibía.
Le pregunté a Satur quién era ese Tejerina que tanto impresionaba al gallego.
Su mujer.
¿Qué pasa, manda mucho?
Manda, contestó el barquero escuetamente.

Valle seguía con su esgrima sin que el criado interviniera y entrando ya en aguas de Vilanova se quitó el sombrero y empezó a recitar con voz grave y resonante,

El mundo atravesé como un Atlante,
cargado con los odres del pecado,
y con la vida puesta en cada instante,
hice rodar la vida como un dado. 

Y quise despertar las negras aves
que duermen en el fondo del abismo,
y sobre el mar, en zozobrantes naves,
ser bello como un rojo cataclismo.

Saturno arrimó la barca a un neumático que colgaba del muro de un muelle de juguete con una escalera que subía desde las rocas. Don Ramón saltó ligero a tierra con un cabo y lo aseguró a una argolla, Satur hizo lo propio y dejaron el bote amarrado. Al bajar yo el actor me hizo un guiño cómplice.
Salimos a Vilanova y me dejé guiar por los dos hombres.

Chegamos rápidamente a casa de Valle Inclán que yo ya conocía... ¿en vida, despierto?. Dejémoslo así.
Tenía interés en saber si el pulpo había sido cocido por Tejerina y no me despegué de don Ramón. Saturno se dirigió a una dependencia de la casa que más tarde supe que era la bodega. Dejamos los abrigos en un pequeño vestidor y nos sentamos en dos sillones orejeros frente a una chimenea encendida. La casa estaba templada y olía agradablemente a leña de carballo. Valle había encendido una lamparilla y reinaba en la habitación una penumbra propicia para las confidencias.

¿Quién cocina el pulpo?, pregunté rompiendo el silencio que habíamos mantenido desde que entramos en la casa.
El pulpo ya se coció, dijo mientras se acercaba al hogar para echar un madero. Así que suba Saturnino  despachamos el condumio. ¡La brisa de la mar y el olor a salitre despiertan mi apetito!, añadió muy animado mirándome por encima de los quevedos con ojos pícaros.

Como tenía por costumbre no contestó a la pregunta, hizo un quiebro y me toreó. Se las sabe todas el amigo. Por discreción no insistí, sabía además que la segunda respuesta podía ser muy bien una bufonada o, peor aún, un rapapolvo.
Al poco entró Saturno con unas botellas de vino y pasó de largo a un comedor que se abría al fondo del salón.
Valle se levantó de golpe diciendo, ¡Al negocio, pollo!
Entramos en el comedor, provisto también de su crepitante chimenea. El criado había encendido un quinqué y recordé el de la luz bisunta del cuchitril de Benedicto en la isla. Pero éste se veía impoluto con su cortina blanca, puntilla con delicada filigrana de hilo.

La mesa estaba servida. Habían puesto tres platos de pulpo a feira y en el centro dos fuentes de barro, una con pulpo y otra con cachelos, por si repetíamos, que lo hicimos. Y una cestilla con pan de hogaza.
En el hogar de la chimenea sobre unas trevedes, a un lado, estaba la caldera de cobre en la que se había cocido el pulpo.

No sé cuánto comimos y más bebimos. Satur estuvo solícito haciendo de mayordomo e incluso escanciando el vino como un señor. Debió abrir cinco o seis botellas de Albariño que, en aquella atmósfera caldeada, se mantuvo fresco toda la noche metido en una cubitera que era el tronco de cono de una pequeña cubeta de roble cortada por la mitad.
A los postres, que también los hubo, Saturno sacó una tarta de Santiago de la que casi dimos cuenta por completo y sobre todo Valle que comía como un rapaz.

¿Non teñes outra cousa?, preguntó el manco.
Teño zuequiños de san Benitiño de Leire.
¡Eso son confituras monjiles, Saturnino! ¡Te tengo dicho que no des más beneficio a la corte celestial ni a la clerecía, que sólo aprovecha a los carcundas de la Gran Ecúmene Vaticana, carcamales de la más docta veteranía en conjuras, trapisondas y cabildeos! Y añadió con solemnidad, Ya vislumbro la curva mole de la cúpula romana, negra, apologética y dogmática, sobre el ocaso de sangre. ¡La curia es la peor ralea! ¡Quita eso de mi vista!, ordenó con energía.

Satur cogió un zuequiño y retiró la bandeja.

En su lugar puso sobre la mesa una fuente honda de barro, que estuvo al amor del fuego, donde humeaba el orujo de una queimada con las frutas doradas nadando en el aguardente.

San Eustaquio Castañeiro

Entre las brasas de la chimenea don Ramón había echado unas castañas que rajó previamente con una navaja de a tercia que no sé de dónde sacó y a la que llamaba su escarbadientes. Medía por lo menos 25 centímetros.
Castaña a castaña el orujo fue menguando y a mí me entró un soporín que de buena gana me hubiera ido a la piltra.

¡No se me duerma, carallo!, rugió Valle casi en mi oído, porque veía como se me cerraban los ojos.
¡Todavía le reservo alguna sorpresa, aguarde!. Se levantó como una liebre y salió.
Saturno, que había dejado ya las labores de camarero y se había sentado, se levantó también y arreó detrás del manco, pero en la puerta se volvió y me dijo tocándose la chepa, Recuerde lo que le comenté, y sobre todo que no salga de casa esta noche, mañana ya veremos. Y desapareció.

Debí de dormirme sobre la mesa.

Zelifes fueños.

A. Tufao.
       

sábado, 3 de diciembre de 2011

Calabazas


La calabaza de la curruca Blasensis
Morales del Arcediano 2011

Es tan roja y tan guapa como la Amanita muscaria y no es venenosa. Pero no es una seta. Debe andar por los 50 cmts. de diámetro. Da para comer puré a una familia una semana, o hacer cabello de ángel, asarla a la plancha en rodajas, acompañarla de otras verduras u hortalizas, freírla, empanarla, cocerla, hornearla, confitarla...

Quería la curruca saxofonista, el Verderón Blasensis, que me llevara una,  pero ya  me tenían reservadas más y en el piso proletario no contamos con el espacio de una casa maragata.
Las que traje son de otra raza, amarillas, compactas y más pequeñas, tal vez más apropiadas para confituras, aunque yo prefiero la sopa o la crema de cualquiera.

¡Calabazas más grandes que éstas me dieron a mí a porrillo las que yo me sé!

Ya pasó su mes, noviembre, al margen de que se conserven en perfecto estado mucho tiempo en lugar fresco.
La tradición del Halloween americano casi caló por completo nuestras calabazas otoñales desplazando tal vez otras costumbres. Pero yo quiero recordar una que se daba en los pueblos de la vega del Tuerto, en León, e imagino que en más lugares, que sólo es otra variante de la calabaza vaciada simulando una calavera.
Hablo de hace 50 años.

Las calabazas del Turienzo
Morales, noviembre 2011

En San Román, San Justo, Celada, Nistal y otros pueblos de la Vega, todos de regadío con mucha patata y mucha remolacha, por los Difuntos se tenía por costumbre vaciar una remolacha forrajera, calar los huecos de los ojos, la nariz y la boca, e introducir una vela. Así nos paseábamos por el pueblo de noche, asustándonos de mentirijillas unos a otros.
Conservando algunas ramas del tallo parecía un cráneo punky. Terrorífico.
El tamaño de las remolachas era proporcional al nuestro, porque la forrajera puede alcanzar dimensiones gigantescas doblando en casos record el peso de un infante.
Sin embargo no recuerdo que hiciéramos lo mismo con las calabazas, que también había.

Pero ya no se planta tanta remolacha. Como dice la canora Centenalis ¡ya no se planta nada!, y lo que se planta no se recoge, sólo algo cerca de los pueblos para el ganao de corral, un poco de maíz, y la huerta. ¿Para qué todos esos regadíos? El vino en cambio no decae. ¡También sería, que nos racionaran el morapio!
Creo que la tradición se ha perdido, aunque es bien posible que se copiara ya de la norteña europea.

Estoy viendo que las calabazas no son más que la excusa para enseñaros el pueblo maragato de estas dos currucas pardas musicales que hemos caracterizado aquí como el Verderón Blasensis y la Mirlona Centenalis. Estuve unas horas con ellos y, en la bondad de la atardecida soleada, pude hacer varias fotos que iré colocando cuando toque.

El río Turienzo a su paso por Morales del Arcediano
León, otoño 2011

Estaba la tarde de cine, serena, el pueblo tranquilo, como siempre. La curruca piragüista reconstruía una muria tradicional, piedra a piedra y sin argamasa, a la antigua forma cantera. Sudaba como cuando pedalea en bicicleta marcha atrás y cuesta arriba.
El puente de hierro de Morales dicen que fue una equivocación y que estaba destinado a un pontón del ferrocarril pero, una vez descargado, aquí se quedó.

Hice algunas fotos de muros caseros, los primeros que he tenido oportunidad de ver desde que me lancé el reto a mí mismo de enseñarle algunos a una fotógrafa alemana, de Shutterchance, Filine, que había puesto en su página un muro tradicional de piedra muy guapo en un paisaje campestre inglés.
Ella no creo que sepa nada del asunto pero necesito dialogar, aunque todo sean puras imaginaciones.

Y siguiendo con diálogos, éstos culinarios ya que estamos en Lo que se comió, he visto algunas fotos, de platos de esos de nueva cocina, tan buenas que apetecía comerlas. El plato, su contenido o las fotografías, la pantalla, vamos.
¡No veas cómo monologaban ad libitum mis papilas gustativas, mis jugos gástricos y mis pobres pretensiones de cocineru o fotógrafo aficionado! ¡Qué lujo! Si cocinan tan bien como fotografían, que no lo dudo, es para descubrirse.
Casi resulta escandalosa tanta belleza en un mundo con tantísimas necesidades básicas sin cubrir. Pero realmente el arte no puede dar cuenta ni de toda la hermosura ni de la miseria del planeta. Podrían hacerlo los que tienen la pasta y pagan las cuentas con el dinero ajeno. Pero eso no lo veremos.
Sólo recuerdo a dos que también publican en Sutterchance, Janina (jmnowak) y Bandora, y no son de los que se pasan. Parece cocina casera hecha con buen gusto y elegancia. ¡Qué ricooo!

Y siguiendo con coincidencias, que son otra especie curiosa de diálogo, hoy Janet Holden (Cornishmaid) a la que sigo y de la que suelo comentar alguna foto suya, puso el retrato de unos cerdos que me recordaron una vez mais mi etiqueta de Chorizos culares, que tengo algo abandonada. Porque esta semana  también yo fotografíé gorrinos que iréis viendo conforme crezca esa etiqueta.
Tampoco es que sea nada de la otra gorrinera, todos los marranos se parecen en la roña. Pero como ilustración del Kolokapitalismo rampante no hay nada mejor. Y las de Janet son mejores que las mías.
¡Buenoooo..., tengo  por ahí unas de morros de ternera en primer plano, ya peladines, con los que mi madre me hizo unos callos que estaban pa comulgar! Ésas pa Militouh erde louh Botineih y, si acaso, para Paco Gila que era un... ¡callívoro!.

Pero no seré tan desagradable como para poneros los caninos más largos, ni, es clá, para estropear hoy con escatologías esa maravilla calabacil y maragata.

Y con esto y otra taza
se acabó la calabaza

Salut y bon apetit!

Ramiro

P.D. La cortea. Hablando con el Verderón llegamos al acuerdo de que cortea era el nombre más común de la cochiquera en estas tierras. Quizá la voz más académica sea pocilga, pero las academias, como las clasificaciones, ya sabemos que siempre barren para casa. Cada país tiene su nombre típico. Gorrinera, cubil, cochi/cuchitril, corripiu/pia, porqueriza, más todos los términos locales y los de los idiomas del estado. No se quejará el gochu de lo solícitos que somos con él los carnívoros.

 Vale.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Romanones, Romanones...


La noite de Saturnino

En realidad fueron dos sueños enlazados las noches del 28 y 29 de noviembre, festividades de san Eustaquio y san Saturnino, repectivamente. Empezaré por otro encuentro sorpresivo la noche del domingo.

No sé si el viernes o el sábado don Ramón del Valle hizo una aparición fugaz pero provechosa pues en diez minutos se bebió una botella de vino. Quería invitarme, con todas las formalidades a las que es tan adicto, a la celebración del santo de Saturno, su criado actual.
El domingo me recordó, mediante la voz de mi abuela Ana cantando el san Benitiño do ollo redondo, la cita del martes. Pero él no se presentó.
Sin embargo, después de haber conseguido adormecerme con la cercana  y cálida voz de la abuela, sentí que me chistaban. Sospeché que era el viejo y no me moví.
Volvía de nuevo a Morfeo cuando escuché otra vez el chisteo.

Sin mucha fé seguí haciéndome el muerto. Pasaba bastante tiempo de una a otra llamada como para caer en cada ocasión en los dominios oníricos, pero esta vez no me quedó más opción que despertar porque sentía la respiración de Valle a un palmo de mi cara.

Casi me desmayo cuando abrí los ojos. ¡El conde de Romanones! Me miraba con fijeza  y curiosidad alargando la más que voluntariosa barbilla y contándome los dientes, eso pensé de modo instantáneo, porque duermo con la boca abierta. A diez centímetros de distancia, ¡le olía el aliento a ajo, unto y berzas!
Emití, más que lancé, un grito de miedo ahogado que sonó como el estertor de un ahorcado, un sonido aterrador que aún me asustó más.
El conde se apartó y entonces comprendí el equívoco. Era Satur.

¡Qué pasa!, dije con la voz  aún tomada por el temblor.
Nada, nada, perdone usted que lo asustara, dijo el gallego compungido.
Te pareces tanto a Romanones que pensé que me visitaba la Historia de España en persona.
Es don Ramón.
¿Qué tiene don Ramón?
Que me obliga a caracterizarme de personajes que le inspiran.
¿En serio?
Ya me disfrazó de padre Claret para "burlarse de todo el Camarillón Ecuménico", como dice él, y de general Narváez, el Espadón de Loja. Me llevó a Santiago y me hizo desfilar delante del obispo en misa de doce, en la catedral, con un yatagán al cinto que le trajo de Tetuán un proxeneta . ¡Todos se lo tragaron y el obispo casi me besa la mano!. Pero lo peor fue cuando me vistió de Isabel II, Isabelona como la chama. No podía pasar de día por Vilanova porque me moría de vergoña, con aquela pecheira por diante y dos almohadones en el culo...

Ya estaba totalmente despejado con el parloteo de Saturnino y me levanté.

Me esperaba en el pasillo. Le invité a pasar a la cocina. Contestó que no cuando le ofrecí un café o algo de beber, pero después, viéndome sacar la miel me preguntó si no tendría algo de aguardente.
Fue oportuno porque Valle Inclán me había bebido la última botella pero esta misma semana lo había traído de León, aunque el orujo era orensano.

¡Estupendo!, dijo el chepudo con el primer trago y de pronto se enderezó, metió la mano en la chaqueta, agarró la joroba y sacó un cojín que posó en una silla. Era un hombre alto y de complexión fuerte. Quedé perplejo.
Soy un actor galego amigo de don Ramón que sobrevive como puede. Él no siempre es tan generoso como presume, sobre todo porque está muy solo. Desconfía hasta de mín que soy su colega y aínda mais , ¡su enfermera!.
¿Está enfermo?
No, no, negó Satur ya totalmente transformado en otro hombre, relajado. Terminó de un trago el orujo. No mucho peor que ayer, dijo sonriendo.

Más rojo putero

Es golosón Saturno, se comió dos cucharadas de miel y se sirvió otra copa. Carraspeó lavándose la garganta con un sorbo y siguió hablando.

Vengo a pedirle un favor.
Dime, y tutéame, ¿seremos de una edad, no?
Cincuenta y siete.
Del 54, como yo.
El caso es que mañana a las doce de la noite vendré a buscarle a Xufre por orden de don Ramón. Quiere celebrar mi santo y al parecer ya estuvo aquí para anunciárselo.
Así es, pero no sabía que vendrías tú a buscarme. Y pensaba que era el martes.
El martes también, pero lo que quiero hoy, además de darle el recado, es prevenirle contra las locuras del viejo.
¿Por?
No sé qué fantasías se ha fabricado que pretende  terminar la fiesta en un puticlub.
¡¿Cómo?!
Dice que le gusta eso del rojo putero y que quiere conocer a las pupilas del Narizotas, que es como chama a un macarra de Vijo que se parece a Fernando VII, uno que estuvo en la legión, traficante de todo, que surte a don Ramón de haschís y alcohol.
Sí, algo de un legía ya le había oído.
Le ruego encarecidamente que no atienda las sugerencias de Valle y que trate de templarlo. Pasaremos la noche juntos y yo le ayudaré en ese menester. Y apuró la segunda copa.
¡Caramba, veo que eres un buen amigo del viejo y te preocupa!
La mitad de esas putas son yonkis y la otra mitad tiene gonorrea, y hasta ladillas.
De eso ya no hay.
¡¿Que no?!,  ¡como elefantes!. Y se levantó.

No tuve ladillas para preguntarle si lo sabía por experiencia.
Recogió la chepa y añadió para despedirse, como advertencia, Tenga cuidado con el chibuquí de don Ramón, el Narizotas le pasó un chocolate que Valle dice que es kaschmir pero a mí me parece cecina de caballo. Está tan fuera de sí últimamente que no atina. Confío en usted. Gracias por todo.

Y se fue.

Yo volví a la cama.

Como suponía, es demasiado largo el relato completo de los sueños, que se prolongaron por dos noches y que me va a obligar a otra u otras dos entradas.¡Con las ganas que le tengo ya a ese coñac que Valle guarda en su bodega y, más que nada, al chibuquí del sultán!

Prou por esta noche, plegamos y arreando, que diría mi buen amigo.

Hasta mañana.

Ato Rao.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Amanita muscaria


Amanita muscaria recién salida de su volva
León 2011

Entre las varios espectáculos del otoño maragato y leonés en general están las setas y la de los enanitos es quizás la más espectacular de colorido.
Junto a ella aparecen algunas otras especies, pero suele ser bastante impositiva y donde predomina sale por docenas y puede invadir un área amplísima sin apenas competencia.

En la zona donde fotografié éstas, próxima a Astorga, salían en otros tiempos Amanitas cesáreas, una de las setas más ricas, pero siempre lo hacían escasamente y faltaban muchos años, sólo recuerdo una ocasión en que en determinados lugares se llenó de ellas. Supongo que se debió a unas condiciones de humedad, temperatura... ideales para su desarrollo. La Cesárea es  muy sabrosa pero caprichosa y escasa.
La tercera Amanita que frecuenta el mismo nicho ecológico es la Phaloides. Es una de las dos setas mortales de nuestro país, la otra es el Cortinarius orellanus.
El Cortinarius no es muy frecuente y son más raros los casos de intoxicación. Pero la Phaloides es una seta muy común, con un aspecto blanco oliváceo bastante atrayente que se puede confundir con algunas Psaliotas del tipo champiñón, u otras amanitas comestibles.

Este otoño se han producido algunas intoxicacionres graves debidas a un especie de Lepiota. En los noticiarios hablaban de lepiotas en general sin especificar la especie, olvidando que algunas de ellas, la Lepiota procera, la Macrolepiota, Parasoles, son comestibles y de las especies más consumidas del país, y omitiendo advertir de la característica que evitaría el envenenamiento por esa Lepiota en concreto, venenosa. Sólo las Lepiotas más pequeñas pueden ser venenosas, en concreto la Cistata, y se evita el problema, si no se conocen bien, no consumiendo setas cuyo sombrerillo sea inferior a 6 cmts. de diámetro (la Cristata no supera los 4).

La Muscaria no es mortal salvo que la dosis fuera alta, pero es venenosa y causa intoxicaciones graves, con alucinaciones debidas a la Muscarina y otros alcaloides, presentes sobre todo en la piel.
Durante los años 70 y 80 del pasado siglo -¡cómo suena de viejo esto, si esta ahí!...-, se registraron muchos casos de intoxicación entre la comuna hippie que acostumbraba a prepararse tortillas de brujas, que dieron más de un susto y tal vez acabaran con el hígado de alguno, y eso que las pelaban.

Amanita Muscaria.
 León, noviembre 2011

Por ello nunca nos cansaremos, queridas pequeños, de recomendar precaución y que consultéis con vuestres farmacéuticas antes de dar cualquier paso en el sentido de la automedicación.
Como en el caso del Stramonium del que ya dimos cuenta y advertimos aquí de su peligrosidad, es la información veraz y no la ignorancia y el mito lo que nos ayudará a distinguir la paja del grano. Y a desechar el peligro que siempre acecha en el paseo más inocente. ¡Cuidadíííinnn!

En León aparecen en cualquier parte, pero con preferencia en estos bosques caducifolios antiguos de robles y encinas.

Son más peligrosas cuando llueve y el agua lava los sombrerillos, entonces adquieren un tono más anarajado y se pueden confundir con Cesáreas.
La prueba de fuego en estos casos, puesto que todas las Amanitas salen de una volva y la conservan en el pie hasta que mueren, y todas tienen anillo si no lo perdieron, es el color  de las laminillas y del pie, ésa es la clave. Los de las Muscarias son blancos, las de las Cesáreas color huevina, anaranjado, melocotón suave, como su maravilloso sabor.
La mayoría sabréis que los puntos blancos del sombrerillo de las Muscarias son los restos secos de la redicha volva.

Amanitas al sol del otoño
León 2011

Os dejo una vez mais con el Camarón. No había querido hasta hace un par de días meterme con él por el peligro que supone llenar el blog con su voz, dado que nos emociona como nadie. Lo he conseguido retrasar cuatro meses, pero ya no aguanto.
Estos días que he buscado vídeos para acompañar los textos, me tropiezo con él de vez en cuando y creo que ya es hora de que saque a relucir a uno de nuestros monstruos más queridos.
El hecho de que muriera nos echaba para atrás porque, como dije el otro día, no quiero que esto termine convirtiéndose en un conjunto de citas necrológicas. Pero es imposible eludirlo y mucho más que eso. Espero dedicarle más de un rato si continúo con esto.

Pero es que además aquí canta y toca la guitarra, y acompañado por otras dos guitarras, Moraíto Chico a su derecha y Raimundo Amador a su izquierda. Los tres jovencísimos y Camarón sembrao con todas sus facultades intactas. Y el Moraíto ya era un colega...
Raimundillo, con un jersey rojo muy llamativo, está que no se lo cree. Mira al Camarón con una mezcla de admiración, respeto y alegría que no le cabe en er cuerpo, mi arma! Es puro nervio.
Se le ve rasguear la guitarra con esos dedos finos y rápidos de la juventud que llaman la atención del propio Jozé.
Están los tres inspirados y contentos..., conjuntados y disfrutando, ¡y del cuadro gitano que les montaron qué decir, todos felices!, al Camarón hasta se le quiere escapar la risa, era otro gran tímido... 

Bulerías del niño perdío.

http://www.youtube.com/watch?v=c0IjXJRfmDk&feature=related

Salud, γεια σας!

Ramiro.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Jotas y fandangos


León 2011

Todavía conservo una buena selección de fotografías del primer día que pasé por León a otros menesteres que me impidieron ver a Andrés Edo. Creo que serán suficientes para hacerle reír porque son de lugares por donde pasea a Popa, su perra.

Ha vuelto a circular la portada de  Los Peperos Escozíos  en estos días de recambio en las listas de éxitos macarras. Aquí nos cantan una jota aragonesa que parece una actualización a lo bestia de Las Madres del Cordero de Moncho Alpuente y compañía, también maños.
Ya se cantaba en nuestra juventud, en todo el país, con la misma letra y parece que algunas cosas vuelven, de las cachondas como ésta y de las chungas como esos caretos y, lo que es peor, esas políticas  contra la mayoría.

¡Chúpame la minga!

http://www.youtube.com/watch?v=ABwyewSqumE&feature=related

Para dejaros buen sabor de boca después del mamoneo de la minga voy a poneros un par del Pulgazito, de su último disco  No me morí y Venga fiesta.
Prometí volver con él más adelante y lo haré, pero antes iré colocando poco a poco las canciones que faltaban para ilustrar lo que escribí del Púlgar en Música española, y de otros en ésta y en las otras etiquetas de música.
Ayer vi y anoté unas cuantas y me llevé alguna sorpresa que no conocía. No es el caso de las que colgaré hoy, que ya vimos y escuchamos con anterioridad. Echo en falta, en el caso del Púlgar, algunas de las mejores del disco, como el Manchaíto sobre todo, pero...
Ésta responde a un juego de palabras, un palabro, al que tan aficionado es el mi Pugarchito. Se titula Elarte (El arte, helarte).

http://www.youtube.com/watch?v=JfGOBYdrLKg&feature=related

Y como no hay dos sin tres despediré con un tema que yo suelo denominar, junto a otros suyos del mismo estilo,  Música para puticlubs.
También de su último trabajo editado, este Quien tiene aquí la tontería, uno de mis preferidos.

http://www.youtube.com/watch?v=MJu_Fe8ZLPA&feature=related

Los fandangos los dejamos para otro momento.

Salud y buena música.

Barbarómiros.

P.D. Ahí van los fandangos, del Camarón con Tomatito a la guitarra, en directo en Málaga 1990.


Ra.

El estornino versicolor


Oviedo, octubre 2011

Parece que me leyó algo más que el pensamiento Andrés Trapiello el otro día en su artículo del semanal, Fábula moral con estorninos, aunque calla como un afogao y no dice nada de la dedicatoria que le hicimos en Humor y prensa, dedicatoria algo amarga, lo sé, teniendo en cuenta el dramatismo de la canción, To yelasto pedí, El niño sonriente. Tal vez ni se enteró.
Nosotros no somos rencorosos y lo seguiremos leyendo haciéndonos a la idea de que dialogamos de alguna lejana manera.

Digo que me leyó la idea porque esta semana pensaba escribir precisamente sobre una curruca parda, pariente suya, nacida en León pero residente en Xixón, no muy lejos del lugar de sus ancestros, pues todos ellos son originarios de las Asturias.

El tordo, como le llamamos en León, es un pájaro algo mayor que el pardal pero más esbelto y gracioso, con un plumaje negro brillante que al sol reluce con irisaciones metálicas, como el de los córvidos o el negro urraquil.
En invierno, cuando muchos se llenan de motas blancas, los pintos más que otros, parece que les hubiera nevado encima.

El Sturnus trapiellensis, subsp. caesarensis, es también llamado versicolor porque ni es pinto, vulgaris, ni negro, unicolor, sino todo lo contrario y viceversa.

Conocimos a este ejemplar casi al mismo tiempo que al Mirlo rubio, en las estepas leonesas y en el Barrio Húmedo, para quien no lo conozca, húmedo de vino, sobre toda humedad.
Dadas sus extraordinarias dotes vocales, como también nos recuerda su primo Andrés Trapi, ya que imita a un sinfín de aves como hace el Carricero políglota, la Curruca Pulgueña de la que ya hablamos aquí, el estornino Caesarensis llenaba con su voz de tenor las bodegas proletarias cantando los himnos revolucionarios de la transida extremaunción perifranquista, o asín.

It don´t mean a thing but a´int got that swing, played by er Purga, el políglota, a lo Duke Ellington, monajós:

http://www.youtube.com/watch?v=1IsibY60wzI&feature=related

¡Autonomía de la clase, todo el poder a la asamblea!

Éramos pájaros tan pobres que hacíamos las pintadas con ceras infantiles, de las sobras de la escuela, pues el Trapiellensis aspiraba a entrenar a otras jóvenes canoras y ya reciclaba material de desecho en los años de plomo.
Tardábamos tanto tiempo en escribir la palabra Libertad que casi siempre nos quedábamos en la r  o en la  t, llegar a la  a  era un triunfo: o aparecía la policía o se nos acababan las ceras y sólo podíamos terminar con sangre, o con mierda.
A veces volvíamos la noche siguiente a poner la d, que ya era la (d) de Dios.

Oviedo, octubre 2011

Pero pintábamos una libertad multicolor porque había ceras de todos los tonos del arcoiris. El Versicolor leonino estaba en su elemento.

El tordo Caesarensis siempre fue un culo inquieto. No paraba y sigue igual. Está metido en todo y es de los inagotables que no sabes de dónde saca el tiempo y el humor para intervenir en tantos fregaos.
Además de los asuntos relacionados con su labor de pedagogo de pardillos y curruquinas, acompaña su versátil voz con el toque de la trompeta, la trompa, el clarinete y demás sopletes no alcohólicos, con mucho aprovechamiento. Lo que no le impide soplar otras chucherías líquidas.

Realmente entre las currucas pardas de esta etiqueta podríamos montar una orquesta que haría las delicias de cualquier corral bacilón.

Es menos cosmopolita que el Carricero Pulgueño y no tan deportista como el Blasensis, porque le gusta tripear, cosa lógica teniendo presente su actividad febril, pero es un improvisador musical nato y gran conocedor de los ritmos negros, cubanos o jazzísticos.
Y su fraseo puede llegar a encandilar tanto por su variedad como por su gravedad, del mismo tenor que su voz.
Esta característica lo aleja un tanto de otras especies de estorninos que tienden a los registros agudos.
En tiempos cavernícolas el entrenamiento vocal era penoso. Vean si no a los Toreros Muertos en plan Falangista:

http://www.youtube.com/watch?v=qot8eITOO5s&feature=related

Pero el abuso de esa voz privilegiada, como al Blasensis, le ha llevado al quirófano. Son canoras entregadas que han echado el resto en el embite y con él la vida mihma. Ya no pueden imitar como en sus años jóvene a los jilgueros, ruiseñores y otras avecillas de canto melodioso como la dulce filomela.

El soto y su donaire
en la noche serena...

Pero dejemos la melancolía que el Trapiellensis, aunque es otro tímido que enrojece a la mínima, es pájaro con espolones crecidos y sólo llora a tiro fijo. Que hay mucho pobre mudo a quien sólo se le oye el llanto.
Se defiende con la voz que le resta, con la que ha ejercido de agitador radiofónico y otros cancios de ida y vuelta en lo del culo moyao. Y ahora es capaz de reproducir registros tan profundos que te levantas de la silla asustado cuando los escuchas.

Lector igualmente incansable, traficante de libros prohibidos en la clandestinidad, vendedor de   ratoneras, como Saturnino el criado de Valle-Inclán, pero a los gatos, tendría corte de viajante, arriero, cura, tratante gitano y bodeguero, si no fuera por la retranca nada maliciosa comparada con la de los otros pajarracos mencionados.
Algo que se me olvidaba y que me acaba de recordar él mismo, ¡es un pedorro contumaz y los tiene de siete u ocho clases! ¡Qué barbaridad!

Y acabamos aceptando la sugerencia de Andrés Trapiello, el pariente del Caesarensis, para que escuchemos las imitaciones del Pájaro lira, muy buenas, en efecto.
Nosotros insistimos en nuestra Carricero políglota, nada exótico, pero que tiene acreditadas no menos de 212 especies en su repertorio imitativo.

http://www.youtube.com/watch?v=qGj_F8UdTjQ&feature=related

Salud, currucas.

Cannabina Carduélis, pardilla común, sbsp. rebétissa, psilikosa. (ψυλικόσσα και ρεμπέτισσα)