viernes, 23 de marzo de 2012

Ferralla -4


Asturias, febrero 2012

Filandón

Aquel año la primera gran nevada se adelantó un poco y a últimos de noviembre los caminos estaban ya intransitables. Si no volvía otra semana de buen tiempo antes de fin de año es muy posible que el pueblo quedara aislado hasta el final del invierno o incluso más allá.

Recordaba las grandes nevadas que caían cuando era un niño. Todas las personas mayores del pueblo decían lo mismo y todas estaban dispuestas a contar hasta dónde había alcanzado la nieve en la gran nevada de la que fueron testigos cuando eran chicos.
Pronto advirtió, sin embargo, que nunca se referían a la misma tormenta, incluso entre abuelos de la misma generación no había acuerdo sobre la fecha. Cada uno hablaba de su nevada particular, pero todos coincidían en señalarla como la mayor que había caído jamás. Estaban dispuestos a jurarlo.

Nevaba en la memoria de los ancianos y la nieve cubría con su manto de olvido los campos, las calles, los tejados, las tumbas del cementerio, los recuerdos.

Es posible que fuera eso porque ahora a él le sucedía lo mismo y estaba dispuesto a discutir con cualquiera defendiendo el record que había batido su propia nevada.
La recordaba muy bien, fue el año en que murió su hermana pequeña víctima de unas anginas diftéricas porque no pudieron salir del pueblo y el médico, que visitaba a los enfermos durante el resto del año en una caballería llena de mataduras pero muy fiel y segura, no podía atender a las personas que vivían en los dos o tres pueblos más altos del concejo, aislados como éste toda o gran parte de la estación .

Asturias, invierno 2012

El pueblo, como otros muchos de la región, incluso más ricos que este y en zonas más bajas y habitables, se había ido despoblando poco a poco. Las condiciones de vida seguían siendo muy duras, los buenos tiempos no habían pasado por allí todavía y era más que probable que ya nunca lo hicieran. Una agricultura y ganadería de subsistencia obligaba a realizar grandes esfuerzos para unos resultados misérrimos.

Durante el resto del año apenas se veían entre sí los pocos vecinos que quedaban. De hecho si le preguntaran no sabría decir exactamente cuántos vivían allí en este momento. Cada uno andaba en sus menesteres, algunos subían al monte con el ganado en primavera y, hasta mediado el otoño, sólo bajaban al pueblo en ocasiones.
Cuando era pequeño las cabañas estaban mejor acondicionadas y se echaban medio año arriba. Subían hombres y mujeres, y mucha gente joven. Las camperas se convertían algunas noches, sobre manera en verano, en pistas de baile al son de la flauta, el tamboril y las castañuelas.

Pero en invierno, con el pueblo aislado y obligados a encerrarse en casa, muchos días después de cenar acostumbraban a reunirse en la de alguno de ellos.
Mientras las mujeres hilaban los varones fumaban y contaban historias alrededor del hogar. Una buena lumbre era la mejor compañía para aquellos meses fríos de recogimiento obligado.
Después de atender las cuatro ovejas y las dos cabras que todavía conservaba, cerró la cuadra y se metió en casa.

Era una noche fría con una luminosidad fantasmal que reverberaba en la blancura de la nieve como en un espejo empañado.
Después de cenar esperaba la visita de un par de vecinos que vivían muy cerca y con los que tenía un trato amistoso. Para cuatro gatos que eran con la mitad de los habitantes del pueblo no se hablaba y tampoco lo hacían Ataúlfo y Zacarías, sus amigos. El barrio de abajo, donde vivía el enemigo, hacía años que no lo pisaban y ninguno tenía claro su número.

Se habían cruzado en alguna ocasión, camino de la fuente, con dos mujerucas ya muy mayores, hermanas, una soltera y la otra viuda, que aún tenían que transportar el agua necesaria para la casa casi a diario. El que ellas tuvieran que hacer esta labor a esas edades indicaba que no había ya hombres hábiles en las casas de abajo, un barrio en todo caso más pequeño y siempre menos poblado que el suyo.

Pajares, febrero 2012

El último fallecimiento ocurrido en el pueblo había sido hacía dos años, también con una nevada respetable, ¿o eran ya tres, o cuatro?. Fue la mujer de su vecino Zacarías, el hombre más longevo de la aldea. No podían avisar a nadie ni sacar el cadáver y no se lo pensaron dos veces. La velaron una noche y al mediodía siguiente, antes de comer, la enterraron entre los tres. No hubo curas, ni funeral, ni oraciones, siempre fueron de los descreídos, pero los tres pingaron el lagrimón en varios momentos. Después se reunieron a comer y ninguno quiso probar bocado.

Todas las semanas cocían pan para las tres casas en el horno de Ataúlfo, más pequeño y apropiado para la insignificante hornada que preparaban. El hombre, grandón y de una enorme fortaleza, era soltero y vivía con su madre, viuda. La mujer había dado a luz a ese primer hijo en unas condiciones horribles, sin ayuda de nadie. El parto fue muy dificil y a punto estuvo de costarles la vida a los dos. El niño, de carácter retraído, creció siempre muy enmadrado y con un notable retraso intelectual. La mujer crió todavía otros cuatro varones pero todos fueron abandonando el hogar camino de la emigración y ninguno había regresado.

Aquel hijo habría de ser el sostén de la casa y de su vida. Enviudó pronto y Ataúlfo siguió haciendo el trabajo que ya realizaba casi desde niño, más el del padre. Era incansable y un buenazo, un cacho de pan tierno. Una bendición para aquella pobre mujer. Y con unos 60 años el vecino más joven del pueblo, con su energía los enterraría a todos.

Aquella noche sólo vino a la velada el viejo Zacarías. Les extrañó la ausencia del soltero, pero la madre llevaba días pachucha y tal vez se quedara para cuidarla. Por su delicada salud y sus muchos años temían que no pasara de ese invierno.
Estaban los dos solos en casa, hacía muchos años que había muerto también su mujer y ya nadie hilaba en las noches de invierno. Ellos sin embargo no renunciaban a sus recuerdos cubiertos por las nevadas que habían caído año tras año en sus memorias.
Se contaban una y otra vez las mismas historias con pequeñas variantes y de cuando en cuando surgía la chispa de un recuerdo escondido que sacaba a la luz tras él nuevos relatos. A falta de hilanderas seguían el filandón hilvanando cuentos que revivían sin cesar hasta perderlos de nuevo.

Zacarías se recogió pronto, cada noche era más corto el tiempo que pasaban juntos.

A la mañana siguiente cuando salió a echarle al ganao le pareció raro que Ataúlfo, que vivía en una casa  frontera, hubiera dejado la puerta de la cuadra abierta. Se acercó y le dio una voz  pero, en la oscuridad, sólo contestaron los corderos. Fue hasta la casa y aunque entornada comprobó que tampoco habían cerrado la puerta. La empujó un poco y llamó a la madre. Nadie respondió.
Preocupado ya entró en la casa llamando a su amigo a voces. En la cocina no había nadie, subió al piso superior, donde tenían los dormitorios.

Asturias, invierno 2012

La cama de Ataúlfo estaba sin deshacer. En la habitación de la madre yacía ésta sobre el lecho, vestida con un traje negro muy anticuado que debió ser de su juventud. Con las manos entrelazadas sobre el pecho sujetaba un rosario.

Bajó todo lo rápido que le permitieron sus estropeadas  piernas y fue hasta la cuadra de su amigo. Entró casi llorando porque temía lo que se iba a encontrar. En una soga atada a una viga del fondo se balanceaba  Ataúlfo. Los pies descalzos casi rozaban el suelo del corral. Se había subido al pesebre y se había lanzado desde allí. Se abrazó a sus piernas intentando descolgarlo pero el cuerpo estaba ya frío y con sus escasas fuerzas poco hubiera podido hacer por aquel niño grande como una montaña. No había podido soportar la muerte de su madre.

Salió en busca de Zacarías para pedirle ayuda. La casa estaba también abierta. Allí no vivía nadie desde hacía años. Buscó en la cuadra aneja pero no había animales ni rastro de que los hubiera habido en mucho tiempo. Estaba como ido.
Volvió al lado de Ataúlfo, las cabras olisqueaban el cuerpo y lamían los pies del ahorcado. Cortó la cuerda con una foceta y cayó el pesado cuerpo al suelo con un sonido sordo y triste. Lo arrastró como pudo hasta cerca de la puerta y lo cubrió con su chambergo.

Se encontraba tan cansado y confundido que volvió a la casa de Zacarías buscándolo de nuevo. Al verse enmedio de la calle nevada y solitaria recordó que en aquella casa no había nadie. Entró en la suya, quería sentarse y descansar un poco del esfuerzo. Se tumbó en el escaño...


Ramiro Rodríguez Prada


Eliseo Parra, El Silenci D'estimar

http://www.youtube.com/watch?v=ywXx-ULH1xY

Y, La llave de la alegría

http://www.youtube.com/watch?v=DU0Uvh5jBuQ&feature=related

Salud y buenas noches.
Ra 

4 comentarios:

  1. Bon día, Ana. Te cuento porque creo que tiene valor metaliterario. Ayer no me daba ya tiempo a escribir el final que pensé en principio, era tarde y me llevaba muy lejos. Por otra parte tiendo a contar más de la cuenta. Por ejemplo, la frase "No había podido soportar la muerte de su madre" sobra...
    Mientras escribía me daba cuenta del parecido con dos novelitas que me gustaron, el Pedro Páramo de Rulfo y La lluvia amarilla de Llamazares. A Julio lo conocemos y comiendo un cocido maragato con él y unos amigos le criticaba que hubiera acumulado tanto amor en un personaje, la perra del protagonista, para después matarla de manera terrible, aunque es cierto que el hombre no hubiera podido hacer mucho más en aquellas condiciones extremas.
    Yo creo que ya había suficiente dolor en esta historia como para no urgar más en la herida.
    En el final que tenía pensado había un encuentro en el cementerio de este hombre con una de las mujerucas, en realidad un emisario de la muerte, pero ya era demasiado Rulfo y realismo mágico. Y terminaba con unos cazadores furtivos encontrando el cuerpo sobre el escaño después del deshielo invernal,casi conservado como en un frigorífico. También me pareció excesivo. Creo que la frase final lo deja un poco abierto y no es difícil imaginar cómo termina, pero no quería ahondar en el dolor. Que cada cual le ponga el fin que quiera, en todo caso no puede ser muy optimista...,lo siento.

    Un abrazo, por cierto tú también nos dejaste ayer a verlas venir con el olorín de tu barco que quedó en mi cocina, pilluela!.

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  2. Si que me recordaba a la lluvia amarilla; la verdad es que es un libro muy triste, tenía esperanzas de que este acabara mejor. Tienes razón, me lo inventaré. Para triste ya tenemos el periodico.

    Aunque ahora que lo pienso puedes encontrar historias graciosa si lees TELVA por ejemplo.

    Ana

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    Respuestas
    1. ¡Qué raza tenéis las valensiás!...

      Filiá.

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