miércoles, 30 de mayo de 2012

Sombras en la terraza: invierno -3


San Justo de la V. León, febrero 2012.

88RRADAS


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Marcando la diferencia
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Fenómeno


León, febrero 2012.
 

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                                            a.-                                                     blanco     
                                             a.-
                                              a.-
                                                a.-



Tiro al blanco


Los ex-enganches de la ex- parra.
León 2012.  


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El frente popular
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El ejército rojo
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bandas paramilitares
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1917

En números rojos

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Ya os hablé de las 88RRADAS. Cuando empecé con ellas el año 88 no tenía idea de ordenadores, y ahora poco, seguramente todas las posibilidades que estos ofrecen me hubieran venido de perillas en su día, porque letras y números estaban recortados de periódicos y revistas y pegados sobre cartulinas u hojas de papel.

No son más que entretenimientos infantiles sin pretensiones, pero el corta y pega era engorroso y me llevaba mucho tiempo, no es que entonces tuviera más que ahora, simplemente aproveché un accidente doméstico que me tuvo inmovilizado un par de meses. Y los años siguientes seguí con estos divertimentos.
Con el ordenador apenas he jugado por las mismas razones, escasez de tiempo. Veo que muchas de estas chorradas son fáciles de hacer y sobre todo se montan más rápido, pero el cortar y pegar aún ofrece más posibilidades, y nunca saltan las líneas como aquí.

En Psilicosis fui publicando algunas. En la revista varias estaban dedicadas a Joan Brossa, maestro de la poesía visual, que había fallecido el año 99. Hoy, que sigo floho, con ciertos problemillas de salud, vuelvo a ellas porque mucho más no puedo hacer. El ejército rojo y el tiro al blanco son nuevas.

Karaoke de pobres. Cantante callejero negro interpretando un Blues.


Salud.

Ramiro.

martes, 29 de mayo de 2012

Sombras en la terraza: invierno -2


San Justo de la Vega. León, febrero 2012.

A

A eso  de las cinco de la mañana me levanté y salí a la calle, no podía dormir, había estado dando vueltas en la cama y a todos los problemas que me cercaban, sombríos y amenazadores. Pensé que tal vez el frescor de la noche me ayudara a despejar los negros nubarrones que se cernían sobre mí, y un paseo largo a fatigar un poco el cuerpo para volver después al lecho. Todo eran sombras.

Pero la noche estaba espesa y caliente. Me interné por las callejuelas más oscuras y frescas de la ciudad buscando un poco de alivio. Los rincones en sombra exhalaban un vaho de fruta podrida y moho, las esquinas de las casas olían a orines. Un gato negro me salió al paso desde un solar oscuro y pensé en malos augurios, en pesadillas más tenebrosas que la oscuridad del barrio.

El calor no aflojaba, era denso, pesado y húmedo como el de una tormenta de verano. La ropa se me pegaba al cuerpo e iba caminando fatigosamente, paso a paso como una vieja cucaracha. Una sombra se deslizó al fondo de un callejón umbrío. Oí susurros y lastimosos quejidos y luego otra vez un silencio torvo como el que precede a un crimen. Quise regresar, dejar aquel deambular deprimente.

No tenía miedo y no porque sea una persona valiente sino porque pensaba que quién en esas calles podría dar más pavor que yo mismo, me vi reflejado en el cristal de un escaparate y no me reconocí. El cielo parecía cubierto y no se veía ni una mísera estrella, ni el más leve destello en esa capota nocturna impenetrable. Cuando volví a casa me arrastraba, aún más aplastado por las ideas.

Las farolas temblaban con una luz triste y mortecina. Cerca de los cubos donde suelo tirar la basura todas las noches, incluida ésta, pisé un excremento de perro y escuché una horrible blasfemia que debió salir de mis labios, pero también extrañé la voz, no era la mía. Me volví como adivinando una presencia ominosa a mis espaldas. Nadie. La misma soledad y aquel silencio mortal.


Notaba la suciedad de las calles adherida a la piel, el olor de las ratas pegado al cuerpo. Cuando me metí en la cama fue como si entrara en una fosa común, temblaba, sentía avanzar la negrura dentro del pecho, cómo las sombras iban tapando lentamente mi corazón. Me dormí al fin mientras mi alma se ocultaba tras una nube, semejante a una luna oscura y fatalista. A día siguiente todo había pasado. 


León, febrero 2012.

B


Bien sé que ni las noches de la ciudad ni la oscuridad me son propicias, por eso acostumbro a retirarme pronto y tengo por norma no acostarme más tarde de las doce. Pero esa noche no podía dormir, hacia las cinco de la madrugada me levanté y salí pensando dar un corto paseo por la misma calle donde vivo, sin dejar el barrio. Hacía calor y buscaba algo de frescura.

Enseguida me sorprendió la deliciosa temperatura de la noche y llamó mi atención la cantidad de luz que podemos derrochar los urbanitas en horas y horas de iluminación inútil, para nadie, porque  no vi ni una sola persona en todo ese deambular que, poco a poco se fue alargando. Caminando a buen paso salí de las calles y lugares conocidos. Me había perdido pero no sentía ningún miedo.

Un airín manso y dulce parecía murmurarme al oído una melodía mientras avanzaba entre las casas. Escuché las risas de una pareja, la tos blanda de un niño y los ronquidos estentóreos de algún gordo fumador. Un gato solitario, teñido con las luces de las farolas, se paró en la acera y me miró como si quisiera saludarme. Luego echó a andar contoneándose, seguro de no conocerme de nada.

El cielo parecía oscuro pero todavía podían adivinarse los destellos de cientos de estrellas, a pesar de la competencia desleal de la exajerada iluminación nocturna. Un delicado aroma y un soplo cálido me llegaba desde las pequeñas avenidas arboladas y en los callejones más estrechos envueltos en suave penumbra las flores de los balcones se daban la mano. Se diría un paseo diurno pues todo era luz.

No me sentía nada fatigado después de un buen rato de insistir en aquel paso vivo que llevaba, todo lo contrario me notaba ligero y volatil como el aire. No sé cuánto tiempo habría pasado pero no tenía ninguna gana de volver al lecho, ni siquiera de regresar a casa. Pero después de cruzar un paso de peatones y enfilar una calle llena de escaparates, llegué a un pequeño parque conocido.

Habían recogido la basura y los cubos donde la deposito cada noche estaban ya amontonados en la acera esperando el camión de la empresa que los administra. Tan tiesos y curiosos en sus sitios que parecían esculturas urbanas luciendo a los ojos de un público nochernigo y escaso, para iluminar mis próximos sueños. Me acosté pero no pude pegar ojo. Al día siguiente estaba hecho polvo.


La terraza de San Justo de la Uve.
León, febrero 2012.

C

¡Color, carallo!, cuando no puedo dormir redondo salgo a pasear. Eso hice esa noche pinturera. Me recibieron en la calle los amarillos  de las farolas, los destellos azules de los focos de los automóviles, los marinos de los rótulos y letreros de los bares. Me puse a caminar entre el  arcoiris de colores que bañaba las aceras. Hasta las sombras estaban coloreadas.

Los anuncios luminosos nocturnos de los interminables negocios urbanos, en todos los colores  conocidos del espectro me teñían el rostro. El esmeralda brillante de las peluquerías, el fucsia chillón y el púrpura deprimente o incandescente de ciertos locales, según el tono, el parpadeo de grandes letreros colgados de los edificios con figuras blancas sobre fondo negro y viceversa. 

No sentía ni frío ni calor, como si no hubiera temperatura. Sólo hacía color. Junto a un semáforo un gato verde se paró sin objeto aparente y fue cambiando alternativanmente al naranja y al rojo. Me miró con indiferencia y continuó su deambular noctámbulo. Yo lo imité por inercia pues también me había detenido en el semáforo y, como el gato, iba cambiando de color. 


Rosario. De mil colores.


Salud.

ramiro

lunes, 28 de mayo de 2012

Sombras en la terraza: invierno


León, febrero 2012.

Román.

Román murió muy joven, tenía 15 años cuando cayó por el respiradero de una mina clausurada, un chamizo que abrieron dos mineros en horas libres, con permiso del ingeniero de la empresa minera dueña de la concesión. Este allanó el camino y firmaba los papeles a cambio de un tercio de los beneficios. Escasos porque el lugar donde abrieron la galería, cerca del río, era una zona peligrosa con mala sustentación y filtraciones de agua. Había una buena capa de antracita de fácil extracción, pero una crecida invernal les inundó el pozo y lo abandonaron.

De los tres a los diez años yo pasaba por el verano largas temporadas en casa de mis abuelos maternos, en un pueblo minero de El Bierzo alto, el de Román. En la casa vivía mi abuela y sus tres hijas, la pequeña 7 años mayor que yo, y mi abuelo. Eran cuatro mujeres que me traían en palmitas. Fui el primer nieto y sobrino, y además varón. Mi abuelo estaba conmigo más ancho que largo y tenía mucho de las dos dimensiones: medía  uno noventa y llegó a pesar 130 kilos. Lo llamaban con un aumentativo.

Todo el mundo en el pueblo trabajaba en la mina, dentro, fuera o en las múltiples actividades relacionadas con ella, el transporte, los talleres, el comercio... . La familia de Román vivía en una casa vecina a la de la abuela y su padre era picador. Murió en un accidente de mina un año antes que él. El guaje decía que iba a ser picador como su padre.

Pero la historia inocente que quiero contaros, menos triste, sucedió cuando Román andaba por los ocho o diez. Me sacaba dos años, así que yo tendría alrededor de siete.

En casa me habían dicho que lo más malo del pueblo era Romanín, que no me juntara con él de ninguna manera. No es que el rapaz fuera malo, es que era un trasto terrible y se metía en todos los fregaos.
Debió ser la atracción de lo prohibido, no era consciente de eso, pero me hice inseparable de aquel chaval. Como vivíamos al lado jugábamos todas las mañanas a la vista de los mayores y pronto se vió que Román cuidaba bien de mí, que era el pequeño, y se instaló cierta confianza entre ellos.


La terraza, febrero 2012.

En el largo verano de un pequeño pueblo de finales de los años cincuenta, lleno de niños, era imposible no perderle la pista al tuyo en más de una ocasión, y aquellas tardes se alargaban después de la cena hasta bien entrada la noche.

Ya días antes habíamos realizado pequeñas excursiones sin salir de las inmediaciones del caserío, las eras, el camino de los arenales, los lavaderos del carbón, el puente sobre el río... . Él conocía todos los rincones del pueblo y decía que sabía de sitios fuera de allí donde no había estado nadie.
Yo lo escuchaba con la boca abierta. Tenía ese carácter pasional y entusiasta, siempre alegre y decidido, y esa mirada de los pillos e inquietos que no paran y cuando hacen una ya están pensando en la siguiente.

¡Mañana vamos a ir a un sitio, ya verás!

Una preciosa mañana de agosto pedimos permiso a mi abuela para ir hasta el puente que estaba a la salida del pueblo. A los dos nos gustaba mucho el río pero aquel no era como el de mi pueblo, bajaba negro del carbón, no íbamos a bañarnos, sólo a dar una vuelta, mirar y tirar piedras. Pero Román no había olvidado su promesa. Llegamos y bajamos al río.
Un poco más abajo desembocaba la que llamaban Reguera del valle. Era un pequeño río que por encima de las minas bajaba cristalino, donde las mujeres hacían la colada en el verano, cuando los dos lavaderos del pueblo casi se quedaban sin agua. Había estado allí muchas veces con mi abuela y mis tías junto a otras muchas mujeres con sus tablas de lavar la ropa.

El objetivo de Román no era llegar hasta ese lugar, sino remontar el riachuelo hasta su nacimiento. En realidad ni siquiera estoy seguro de que existiera un plan.

Nos habían dicho que volviéramos antes de comer. Después de dejar atrás el punto donde las mujeres lavaban creo que debimos perder la noción del tiempo que pasaba.

Íbamos de emoción en emoción. El torrente, porque el río fue menguando, se remansaba en pequeñas piscinas caprichosas de agua transparente, había cascadas, regueros rumorosos que se sumaban a la corriente, lugares sombríos y frescos bajo los árboles.
Veíamos muchas truchas, pequeñas y velocísimas que desaparecían como centellas sorteando los cantos redondos del lecho.

Supongo que llegábamos al final porque ya bajaba poca agua. Nos habíamos bañado desnudos en donde se nos antojaba y en ese último lugar había pequeñas pozas, minúsculas bañeras donde cabían justos nuestros pequeños cuerpos o nuestros aún más minúsculos culos, y allí estuvimos un buen rato, pero recuerdo que el agua estaba fría.
El torrente parecía nacer en una especie de cueva o cortado muy angosto en el farallón rocoso que había interrumpido nuestra marcha, a varios metros de altura. El agua se precipitaba desde aquel lugar entre vegetación muy densa.

San Justo, febrero 2012.

El hambre debió ser lo que hizo que recordara la recomendación de mi abuela.

Serían las cinco o las seis de la tarde cuando entramos de vuelta en el pueblo. Ya nos íbamos enterando por el camino.

¡Román, cuando llegues a casa tu madre te va a sacudir el polvo a base de bien!

Ya había corrido la noticia de que habíamos aparecido. Medio pueblo nos estuvo buscando, las mujeres, porque muchos hombres no habían salido todavía de la mina. Nos buscaban sobre todo río abajo, donde alguien nos había visto por última vez. Pensaron que nos habíamos ahogado.

¡Román cuando salga tu padre te va sacar el brillo, danzante!

Como yo era forastero y más pequeño el pobre Romanín se las estaba llevando todas.
Fue la única vez que recuerde que mi abuela me riñó, pero después me abrazó y lloró como una magdalena. Yo no entendía nada. Nos lo habíamos pasado como los indios y no corrimos ningún peligro, en la Reguera el agua apenas llegaba a las rodillas.

Este episodio puedo considerarlo mi primera aventura, pero no tanto por las emociones que vivimos mientras remontábamos el río como por el escándalo posterior. Creo que fue eso lo que hizo que fijara en la memoria los escenarios, los personajes, la peripecia en definitiva. Sin embargo sólo fui consciente de ello cuando había terminado.
Tengo recuerdos anteriores a esa edad, pero pocos con tantas imágenes y tan vivos como estos.


Román no llegó a casa hasta el día siguiente. Pasó aquella noche fuera, durmió en un pajar. Cuando vio a su madre a la puerta con las manos en jarras llamándolo a voces, ¡Romanín, ay cuando venga tu padre, ven aquí, sinvergüenza!, echó a correr y  ¡¡échale un galgo!!

Ramiro Rodríguez Prada

Ψαραντώνης & Αγγελάκας (ΗΡΩΔΕΙΟ) - Να'χεν η θάλασσα βουνά.


Υγεία και καλή νύχτα, Salud y buenas noches.

domingo, 27 de mayo de 2012

Yira la peonza, yira, yira...


                           .
                             .
                           º
                              º        
              o
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                                        O
                                                               O
                                          M
                                                             ¡Hola!
                                                       Amigos míos,
                                                  buenos días a todos.
                                            Os voy a contar un cuentín.
                                     Es una historia vieja y muy conocida.
                             La he actualizado un poco, ahora es una fábula:
                     Primero empezaron a desaparecer palomas de los parques
                pero nadie se preocupó por ello, había muchas, eran muy sucias,
           la mayoría estaban enfermas, tuertas, y con muñones en lugar de patas.
      Es mejor así, la ciudad ganará en limpieza y esas guarras alimentarán a otros.
      Nadie se extraña de que en tiempos de hambre se amplie la oferta alimentaria.
      Pronto dejaron de verse por las noches ratas o esos gatos callejeros sin dueño.
         La mayoría se frotó las manos, desaparecían de las calles dos lacras más.
              Pero enseguida la necesidad empujó al sacrificio de otros animales.
                    Pequeñas mascotas de compañía, hamsters, ratones blancos.
                         Los pájaros de las jaulas dejaron de sacudir el alpiste,      
                                aunque son un bocado ridículo, un aperitivo.
                                       Pero nosotros estábamos tranquilos,
                                             éramos los reyes del mambo.
                                                Ahora gente bien vestida
                                                       anda ya a la caza         
                                                           Tú tranquilo,
                                                             esto no va
                                                               contigo.
                                                                 Salud.                
                                                                  Uno
                                                                     -                                                            
                                             V
                                                          _________                                                  
                    
                                                               Ramiro.

              Bandoneón. Tango "Yira Yira" (1930), de Enrique Santos Discépolo.
                                                   Canta, Virginia Luque.

                                http://www.youtube.com/watch?v=9Yuff1_2Ju4 

                                               Aunque te quiebre la vida,
                                              aunque te muerda un dolor,
                                             no esperes nunca una ayuda,
                                                ni una mano, ni un favor.

                                                  Cuando te dejen tirao
                                                     después de cinchar
                                                     lo mismo que a mí.
                                       
                                               Te acordarás de este otario
                                                    que un día, cansado,
                                                      ¡se puso a ladrar!
                                                      

                                                               Guau!...
                           

sábado, 26 de mayo de 2012

Puertas carretales -3


San Justo de la Vega. León 2011.

Gacho

Cambié la posición del ordenador, me sentaba de espaldas a la ventana que da al patio de luces. Ahora, además de la luz de la pantalla, puedo ver también la del sol que empieza a entrar este mes en la cocina, un pelín y de refilón durante una hora, en el fondo de este pozo habitualmente deprimente. Parece una tontería pero ese cambio de perspectiva me animó un poco hoy, un día precioso que sin embargo a mí me pilló bajo de fuerzas.

Anoche pensé que no podría terminar esa pequeña historia de Sindo. Al final remonté un poco y la  cerré a las dos y media de la mañana. Las pocas horas de sueño, y eso que con calor suelo dormir mejor, no consiguieron restablecerme y hoy, como dicen los griegos, sigo kaimos, o en asturiano,  gachu.
Tuve un día de muchísima actividad ayer y a veces no medimos suficientemente el esfuerzo, ya toy vieyín, lo sé y la generosidad a ultranza, el derroche o el exceso se ven limitados por la naturaleza que ya se encarga de recordárnoslo si lo olvidamos.

Y ya me vengo quejando de que la notable mejoría del tiempo, el aumento de la luz y demás signos de la cercanía del verano en lugar de animarme ponen en evidencia el contraste oscuro de mi encierro. Sería el momento de agarrar cartulinas, acuarelas y espátula y salir. No lo haré, pero sería lo propio.
Ya perdí los seis kilos que gané el agosto pasado en Grecia. No disfruto de la vida y el sol reales, día y noche aislado pensando en islas.

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Detalle de los paños y remaches de un portalón.
San Justo. León 2011.

El patio de mi casa

Cuando una nube oculta al sol aquí se hace de noche.

Cuando reaparece

amanece.

Son muchos días y noches en una sola mañana soleada y nubosa.

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El grupo Late ensayando "All these faces".

Modelo con arco de ladrillo visto y triple hoja.
San Justo de la Vega. León 2011.

Numerolomía

Estuve jugando este mes con el nº de entradas en las etiquetas, unificándolas en diecisietes, veintisietes, treintaisietes, veinticincos, etc.
Casi desde el principio quise llevarlas emparejadas, pero pronto me di cuenta que sería imposible y unas engordarían más que otras. Ahí está por ejemplo ese Alfabetos, cajón atrófico de palabras, saco acromegálico de lenguajes, abriendo la disidencia a lo bestia. O los prototipos griegos con un cinquín pelao.

Como ya no era posible el equilibrio me lancé a los emparejamientos, tríos, cuartetos, quintetos y demás orgías numéricas. También a las cifras finales, el 3, el cero..., pijadas para entretener la vista y quizá conseguir alguna otra sonrisa de algún inocente. Pero no hay mancias, ni Kábala ni Numerología, diversión y sólo eso.

Lo que sí hay también es un cierto gusto estético por la cifra, por su dibujo, su sonido, a qué huele un ocho, si rasca un uno, quién acompaña al dos. Por eso debe ser que nunca se me dieron bien las muertemáticas. Sólo veía con claridad su valor extrínseco, demasiado abstracto el aritmético.

Dado que en esta tesitura el signo es caprichoso, y voluble la cantidad que representa, hoy lo mismo quiero al seis que mañana odio al nueve.

¡Hombre, también aprendí a echar mis cuentas!. No siempre salen o no cuadran, pero el desfase, cuando lo hay, es escaso porque el saldo es humilde y limito las expectativas.

Y ahí sigo con la brocha. Después de los sietes no sé por donde me dará. El cero siempre es una tentación, tan redondín y cerrado en si mismo.
Lo curioso es que en estos párrafos, aunque los titulara así, Numerolomía, y comenzaran con ese tema, sólo quería hablar de que la mayor tentación en este momento, floho-floho, es la etiqueta Perdío, independientemente del nº de post que en ella tenga. Pero me lié una vez mais y el daño está hecho.


Portón enclastrado en pared de ladrillo.
San Justo. León 2911.

Cinquillo blasfemo
(Matemática antigua)


Perdido como un tres
en el garaje a solas me desnudo
arden los cuatros tremebundos
de los tricornios fieros
en un dos

En la pareja sorda
de los ochos
sube una tarde verde
hasta el charol

Hace un siete recortado
y negro un nueve
exhausto y encorvado
más dos treces
y yo me cago en diez
por no citar a dios

Ramiro Rodríguez Prada

(De 'Interrogatorios y otras Partidas perdidas'. 2012)

Τρυπες - Ολα ειναι δρομος.  Agujeros - Todos son camino. 



Υγεία, Salud!

viernes, 25 de mayo de 2012

Puertas carretales -2


San Justo de la Vega. León 2011.

Sindo

A Gumersindo lo atartalló el carro contra el marco del portón siendo un guaje de pocos años, le enganchó la cabeza cuando daban un poco marcha atrás para dejarlo estacionado antes de soltar al caballo. Le afeitó una oreja pero pudo haberlo matado.

Era la tartana del abuelo, un carruaje con toldo como los de las películas del oeste a las que mis padres nos llevaban desde que éramos bebés. Los niños no pagaban, aunque el cine estaba a tope entonces y no teníamos derecho a asiento, así que veíamos las películas sentados en las rodillas de mis padres, ora en unas ora en otras. La entrada de General costaba tres pesetas, siempre los domingos. Era el único lujo que se permitían en toda la semana.

Sindo era un año mayor que mi padre y quizá el más pacífico de todos los hermanos, tímido y pronto a la risa, tenía sin embargo un genio de mil demonios cuando se enfadaba. Eran famosos en la familia sus berrinches porque también era dueño de la voz más potente y sonora, y templada, educada en lo musical. A pesar de la falta de un pabellón auricular que sin duda ha de ser un hándicap para un cantante que no sólo necesita voz, también oído.
Sin caer en el error de confundir oído con oreja, ésta también cuenta, es parte del aparato. Un pequeño receptor y amplificador externo. A Stan Laurel, El Flaco, le temblaban las orejas cuando se ponía a llorar como un niño, se volvía encantadoramente horrible, y viceversa. Hay gente capaz de dirigir ese apéndice hacia el origen del sonido como los radares.

Esta idea me trajo a la memoria una escena que no sé si he contado aquí ya. La vivió y escribió el argentino de La Rioja Daniel Moyano, profesor en el Conservatorio de la capital de esa provincia, antes del exilio.
Cuenta Daniel que viajando por los pueblos de La Rioja con la Orquesta del Conservatorio, que acercaban a la gente que no podía disfrutar de ese placer por cientos de razones, la primera las distancias, recalaron en un típico pueblo con soportales en la plaza, llena de sillas para el público que asistía al concierto.

El lugar era el centro de la comarca y a él se habían desplazado muchas personas para disfrutar del excepcional evento, incluso de lugares muy alejados, hablamos de dimensiones argentinas. El único transporte eran las caballerías.

San Justo. León 2011.

Los forasteros habían atado sus monturas a las columnas de los soportales, un poco protegidas. Había una larga fila de mulas, que eran las más utilizadas por sufridas, casi clónicas, alineadas a un lado de la plaza.

Se inició el concierto y enseguida las mulas tomaron nota. Cada vez que la Orquesta atacaba un acorde un poco disonante, una nota especialmente aguda o baja, las cabezas y sobre todo las orejas de las mulas reaccionaban como un conjunto bien ensayado. Ahora alzaban al compás una o las dos orejas, azotaban los rabos, torcían y agachaban las cabezas sacudiéndolas a coro, o las giraban hacia los músicos al unísono como sorprendidas, con las orejas tiesas. El corifeo.

Sindo fue el séptimo de los once hijos que tuvo mi abuela Carmen. Él decía que era el más feo de la familia y la verdad es que no mentía, guapo, lo que se dice guapo no era. Aparte de la pequeña arruga, un muñonín alrededor de un agujero, que eso era su otrora oreja, tenía la nariz aplastada y torcida,  como un boxeador, y un poco partida de un accidente posterior al de la oreja. Era chaparro y sólido, al contrario que la mayoría de los hermanos, altos y delgados hasta bien entrada la madurez. Menos uno, Andrés, al que llamaban Gordito, el que se quedó trabado en el butrón de la tapia cuando fueron a robar chorizos. Pero éste era alto también.

En los años cuarenta, haciendo el servicio militar cogió la tuberculosis y cuando mi padre empezaba su mili a él lo licenciaron antes de terminarla, por la enfermedad. No había cura entonces para ella, y era contagiosa, los tuberculosos eran apestados.
Un año después se le unió mi padre. Juntos pasaron cinco años enfermos. Se curaron con tratamientos naturistas, antes de la comercialización de la Penicilina que empezaba por esos años. Fue el hermano al que más unido estuvo siempre mi padre.

Fueron los portones los que me lo trajeron a la memoria, cogido por la oreja. Hablé de su timidez y creo que fue debida a ese rasgo, esa falta en su anatomía, más que la fealdad, lo que lo acomplejó un poco, porque tenía criterio y carácter que se avienen mal con la poquedad. Tuvo pocas novias y quedó soltero. Sin embargo, además de risueño,  era simpático, burlón incluso y amigo de la escatología, otro rasgo familiar.

San Justo de la Uve. León 2011.

Mi tío Sindo era matarife y carnicero. Había comprado la casa del cura en un pueblo minero del Alto Bierzo y allí, en las estancias de la beatífica Rectoral, tenía el rebaño de cabras, el matadero, el secadero de pieles y el almacén.
Mataba sólo los animales justos que podía sacar, cuya carne vendía por los pueblos, por encargo y haciendo arriería local con un caballo y dos alforjas hasta los años 80, siempre carne muy fresca, de uno o dos días, porque todavía a las aldeas más aisladas no habían llegado las cámaras frigoríficas.

Allí, en aquella santa casa, en una dependencia con el techo muy bajo, colgaba los animales recién matados para desollarlos. Las patas delanteras y las cabezas, las lenguas, rozaban el suelo.
Pero no tengo intención de hacer gore, otro día trataré el tema con más tiempo porque hoy no tocaba. En cualquier caso nunca ha sido mi intención herir la sensibilidad de nadie por pintar escenas sangrientas y dolorosas, ni hacer publicidad de la alimentación carnívora o de la tortura.

Es un hecho que el hombre es un mamífero omnívoro por mucha santidad y trascendencia que se arrogue. Se puede matar de muchas maneras pero la muerte nunca es agradable si no es buscada, y ni aún así. El éxito de la supervivencia de muchas especies como la nuestra se ha basado en gran medida en un aporte regular de proteínas de origen animal y esto en el curso de una evolución de milenios. ¿Que sea posible una alimentación exclusivamente vegetal para la mayoría de la población humana?. Puede ser, pero los hábitos alimentarios no se cambian de la noche a la mañana, no en el plano social y mucho menos en el de la especie. Tampoco por decreto. Sólo el hambre y la necesidad obligan a cambios drásticos, que suelen ser locales y temporales, y en todo caso no obedecen a un salto de mentalidad sino a una alteración en las condiciones del nicho ecológico.

Pero es deseable que el hombre sea piadoso con todos los seres, empezando por sus semejantes. Creo que estamos lejos de alcanzar esa armonía querida o soñada.

De momento me quedo con Sindo, que mataba toros, bueyes, vacas, terneros, cerdos, ovejas, cabras, corderos y cabritos, además de algunos otros animales menores y sin embargo era un buen paisano, querido por sus vecinos, que no hizo daño al prójimo, con un trabajo humilde y muy duro que le daba para vivir y para de contar.
Aunque vaya trajeado y no se manche las manos de sangre, cualquier banquero medio mata diez mil veces más seres vivos que él. Y puede ser vegetariano, o no. 

José Luis Moreno-Ruiz - Incinerador


Salud y buen día.

Lactuca Magra.

jueves, 24 de mayo de 2012

Puertas carretales


San Justo de la Vega, Real 47.
León 2011.

¡FELICIDADES, MORENINA!

Buenos días. Vuelvo a la etiqueta de Arquitectura para continuar con los capítulos previstos y anunciados sobre portones. Haré unas tres o cuatro entradas ahora, de portalones de San Justo de la Vega, en León, el pueblo de donde procedían la mayoría de imágenes sobre tapiales, adobes y puertas. Como tengo más o menos una docena serán tres o cuatro fotografías por capítulo.

Hay otras tantas en el archivo del otro pueblo que tiene algunas de las más fotografiadas de Maragatería, Castrillo de los Polvazares, el núcleo más visitado de la comarca. En la foto del cartel de Puertas Maragatas que colgué en Puertas la mayoría eran de este mismo modelo, si bien allí las había también anchas pero para uso de las personas, no carretales. Algún ejemplo veremos en la segunda serie que más adelante les volveré a dedicar.

Comienzo con uno de los portones más antiguos de San Justo. Es vecino de nº, aunque pertenece a la misma casa, de la puertina que colgué en la cabecera del tercer capítulo de Puertas sobre cuyo marco figuraba el nº 45 (¿O tal vez pertenece a la que llevaba el nº 49, del mismo tipo?. Si me quedo en el medio acierto...). No están en un lugar apartado, deshabitado o más humilde del pueblo sino en plena carretera, calle Real y camino de Santiago, que atraviesa la población, en zona céntrica pues. Y es que hasta no hace tanto todos eran así, y quedan varios más tan longevos.

Las partijas en las herencias familiares provocan estos pequeños absurdos. La puerta y la casa a la que da acceso para un hijo y el portalón con las dependencias de patio cuadras y corrales, que formarían otra casa, para otro. Y en ocasiones para nadie porque nadie las habita en realidad, como el niño que no quiso partir Salomón.


San Justo. León 2011.

A pesar de que las paredes sobre las que se abren, como las que vemos, están revocadas de cemento, debajo son de tapial y alguna puerta, en combinación con la tapia, ha sido fijada en un dintel y marco de ladrillo, o en pared de este material.

Los colores se veían ya en la foto de las puertas maragatas y en otras zonas se repiten. Además de la madera desnuda que aparecerá en varias imágenes y, más que desnuda ya sin pintura y extremadamente envejecida, son frecuentes los marrones, en varios tonos, beige, ocre, tabaco.
Junto a ellos gamas oscuras del rojo, óxido, rojo inglés. El tono vivo de este ejemplo no es el más común.
Los verdes oscuros, color carruaje como llamaba con propiedad una casa de pinturas a uno de sus verdes. Verde hierba, pradera, etc. Pocos pasteles y manzanas. Algún azul profundo, marino, cobalto y menos claros, de los que sin embargo también tengo imágenes. En fin, gris perla, acero, más raras, y poco más.

Aunque ya se ven es preciso decir que todas son de madera. Esta roja tiene esas chapas de hojalata clavadas en los cuartos inferiores que es donde las casas, y las puertas en particular, sufren mayor deterioro. Defiende de los golpes ocasionales de los animales que entran y salen, de las ruedas del carro y sobre todo de la humedad, de las salpicaduras de la lluvia.

Estos tres casos no presentan una característica que sí se observa en la mayoría de las carretales y son dos pequeños machones de refuerzo en la parte inferior de los marcos paralelos. La primera todavía tiene algo, dos piedras. Tampoco es el mismo modelo de puerta y a la antigüedad se une aquí una factura más tosca y humilde, de modo que la más vieja es también la más pobre.

Los herrajes de la tercera, muy típicos, nos hablan de un modelo más joven que copia esquemas antiguos de mayor prestancia y poderío económico, la casa solariega de la hidalguía rural, que no es el caso pues en el pueblo no viven tiburones ni cocodrilos, todas son familias de la clase trabajadora.
Los clavos más o menos visibles, al contrario que los ángulos, sí son casi universales, y es a su vez una solución decorativa cuando se los hace resaltar de algún modo, por contraste, color, pulido...


San Justo de la Uve 2011.

Todos estos herrajes, de origen medieval, ya forman parte del que podríamos denominar mito rústico,  signo de la moderna iconografía arquitectónica pequeñoburguesa del gusto por lo antiguo, en lo decorativo en concreto. Tampoco es el caso de esta puerta que pertenece a una casa de labranza y lleva un siglo cumpliendo su cometido como una campeona. Y para seguir.

Esta fotografía fue una de las descartadas de aquellos capítulos de Sol y sombra que publiqué junto a los de las Tapias, que incluí primero en esta etiqueta y creo que pasé después a la de Ombres (Sombras), porque no se veía el tapial que hay debajo. Lo mismo pasó con varias más de puertas y ventanas que reservé entonces para estas entradas específicas.

Y por hoy toy cumplío porque el plan era este, hablar del plan, metaplán. En los siguientes capítulos espero traer también alguna historieta, para variar.

Gran alegría recibí hoy con la visita de una curruca a la que aún le falta su caracterización aquí y se me olvidó fotografiar sus zapatos, ¡mecachis!. Como yo no salgo tienen que venir ellos a verme. Pero a este pájaro lo tengo cerca, quizá por esa confianza de saber que en cinco minutos puedo verlo se me escapó si caer en la pardalera fotográfica. 

Jesús Aller Manrique nos trajo un nuevo libro de poemas recién horneado en KRK Ediciones, Los dioses y los hombres. Ya en un primer vistazo me quedé con este. Hubiera sido un buen final para esa entrada que dediqué el día 12 a la Curruca Blasensis. Se titula: 
Eternamente late


La fuerza que creó
la vida y al hombre
sigue aquí.

Eternamente late
dentro de cada cosa.

Mucho y bueno que tendremos que ir leyendo y saboreando poco a poco, lecturas de las que daré cuenta aquí en su momento, como no podría ser de otro modo, ya dije que Jesús fue nuestro primer poeta psilicoso y siempre lo será, mientras vivamos.
Aprovecho para decir que él fue uno de los que me animó a escribir y abrir el blog, que está entre nuestros favoritos desde el principio y que desde ese enlace a su blog se pueden bajar sus libros gratis.

Y ya sólo una musiquina para despediros.

Chopin - NOCTURNE op. 9 no. 1 in B flat minor - LARGHETTO - Daniel Baremboim.

Salud.

Ra

miércoles, 23 de mayo de 2012

Puerto con faro.


'Puerto con faro'
Acuarela, témpera, pintura en polvo. Espátula.
Ramiro Rodríguez Prada 2004.

Regreso


Había cuidado de Zanasis como de un hermano pequeño y, después de cinco años de haber sido movilizados en nombre de aquella loca Gran Idea que llevó a los griegos al desastre de Asia Menor, por fin regresaban los dos a su isla licenciados y salvos, aunque no sanos, de hecho con profundas heridas sangrando en el corazón. Una por cada amigo que habían perdido en el frente y varias más por las horribles escenas que habían presenciado y en las que, en algún caso, participaron. Olvidar era la consigna.

En el Pireo subieron al kaíki, el caique de una isla vecina a la suya a cuyo patrón conocían. El pequeño barco hacía la ruta de ida y vuelta una vez a la semana, traía y llevaba mercancías y encargos de media docena de islas pequeñas donde hacía escala, y al tiempo recogía los escasos pasajeros que viajaban a la capital o volvían a sus hogares desde Atenas.

El kaike estaba a punto de soltar amarras cuando llegaron al muelle. Saltaron a bordo y enseguida reconocieron a uno de los viajeros, un tipo de su edad tumbado en cubierta sobre su capote militar. Tenía todo el aspecto de un hombre enfermo, tal vez tuberculoso, enflaquecido y con una tos rota que espantaba. Era de la isla del patrón y ya se conocían de jóvenes, la comunicación entre las dos islas era fluída y, la mayoría pescadores, se conocían de faenar, además de celebrar las fiestas del vecino como si fueran las propias.
No eran raros por ello los matrimonios mixtos y las personas que contaban con antepasados o familia actual en las dos comunidades. Entre Zanasis y el hombre había incluso un antiguo parentesco, se saludaron como si fueran primos. Llevaban más de cuatro años sin verse. Los habían destinado a distintas compañías después del desastre de la primera donde los encuadraron, formada por jóvenes inexpertos del archipiélago que fueron enviados al matadero de la primera línea del frente nada más ingresar en las filas del Ejército Nacional.

Los tres podrían hablar de muchos comaradas que ya no regresarían, de cómo vieron a un colega en una trinchera reventado por un obús. Pero callaron.

Zanasis era su vecino. Se habían criado juntos y él siempre había ejercido con su amigo de protector, porque era aguerrido y porque lo quería como a un hermano y Zanasis, que era de constitución frágil, se dejaba querer.

La penúltima escala antes del puerto de destino del barco era ya su isla. Su madre no sabía que llegaba, la sorpresa podía matar a la pobre vieja. Su padre había muerto cuando él combatía en la desastrosa campaña del río Sangario, demasiado dentro de Anatolia para las agotadas fuerzas griegas. No se había enterado de la triste noticia hasta meses después, cuando fue herido y embarcado hacia el continente. En el hospital militar volvió a reunirse con Zanasis de quien perdió la pista al ser evacuado. Él fue quien tuvo que darle la mala nueva, enterado por una carta de sus padres. También su amigo había sido herido e internado pocos días después que él. Ahora parecía un esqueleto viviente pero se le veía feliz por el regreso hablando con su pariente.

Un par de horas antes de avistar la isla empezaron los problemas. Primero fue el hombre del capote y poco después Zanasis. Hubo muchos casos de cólera en la campaña de Anatolia, medio ejército había sufrido algún tipo de proceso infeccioso intestinal.
Desde principios de siglo se repitieron por toda Europa los brotes epidémicos que habían diezmado muchas poblaciones. Decían que venía de Asia y le llamaban el cólera morbo. En casi todas las islas había lugares de cuarentena para barcos y pasajeros, y hasta para mercancías.

No podrían desembarcar en el puerto, deberían pasar un mínimo de veinte días aislados de verdad, en aquella especie de lazareto, barracones construídos al efecto en unas dependencias en el extremo más alejado de los antiguos muelles.
Su madre y los padres de su amigo tendrían que esperar todavía unos cuantos días por sus hijos, quizá en la ignorancia de que los tenían allí, a menos de dos tiros de cañón, como aún escribían los cronistas de la época.

En el caique, además de ellos, el patrón y un marinero, viajaba una pareja de ancianos, y una mujer sola de mediana edad, de riguroso luto, que no se apartaba de una pequeña maleta de madera y un cesto de mimbre, su único equipaje. No los conocía e iban a la isla del patrón. Todos tuvieron que hacer su cuarentena.

Sólo Zanasis murió.

Requiem de Mozart - Lacrimosa - Karl Böhm - Sinfónica de Viena


Υγεία, Salud.

Ramiro.

martes, 22 de mayo de 2012

Reaparece el chibuquí


El chibuquí entre las sombras del bodegón.
Con el zombi de Arousa, 2012.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue la cicatriz de las narices de Benedicto, el gemelo del papa, el traficante de ron y dueño de aquel antro. Me miraba a muy corta distancia supongo que comprobando si seguía vivo. Debió soltar un regüeldo a pote porque me olió a una mezcla de chorizo, lacón y grelos cuando abrió una boca con cuatro dientes para decir, ¡Despertó el grajo!.

Ya me imaginaba la escena y me daba pereza levantarme. Con la cabeza apoyada en los brazos sobre la mesa, a través del pelo revuelto que me tapaba la cara veía ahora al orangután tras la barra y a don Ramón hablando con el gigantón que había aparecido en un sueño anterior. Gesticulaban hacia el rincón donde yo estaba como si hablaran de mí o tal vez me reclamaran a su lado. No lo sé. Tenía un cebollón inconmesurable, me pesaba más la cabeza que el cuerpo, creo que si me llego a levantar no soy capaz de alzarla de la mesa ni un centímetro. Así que volví a a cerrar los ojos y me dormí otra vez.

No puedo saber cuánto tiempo había pasado. Desperté de nuevo porque sentí una especie de pequeñas sacudidas y una voz cavernosa y muy potente que escuchaba como a través de un cuerpo, en la misma oreja. No sé explicarlo.
Pero enseguida me dí cuenta de la situación. El gigante que hacía compañía a Valle en la taberna del Bene me había cargado al hombro como a un saco de patatas y seguía  al manco por la escalera que unía el pequeño atracadero con el muelle de Vilanova de Arousa, donde nos había llevado la primera vez Saturnino, el compañero y criado del manco en anteriores ocasiones. Por tanto, habíamos vuelto a cruzar la ría a golpe de remo y yo sin ser consciente de nada.

El hombre le iba contando a don Ramón algo sobre una mujer. Con la cabeza colgando a la espalda de aquel oso veía la pequeña chalupa de Valle amarrada en su sitio. Era de noche y el tiempo y la mar estaban calmados.
Aunque me notaba despejado no quise decir nada por pura curiosidad de lo que contaban los dos hombres. El gigante le hablaba al viejo de una chica con la que intentaba entablar relaciones formales y que no le hacía ni caso. Valle, que abría la marcha por las tortuosas calles de Vilanova, escuchaba y sólo contestaba con monosílabos e interjecciones.

Con una voz de trueno pero con expresiones inocentes, casi infantiles, decía ahora:

La chica me quiere, se lo digo yo, la mala es esa bruja.
No sé...
Ayer le llevé unos grelos para el pote, ¿sabe lo que me dijo?
No.
Que le venían bien pa los gochos. La muy...
¿Y?
Nada. Los agarró.
Pol rabo.
No, eran grelos no nabizas.
Ah!
Y me dijo que dejara en paz a su hija y que fuera a buscar una giganta de mi tamaño, ¿que le parece don Ramón?
¡Cornetas!
¡Estoy desesperao, voy a hacer una tontería, de verdad!
Disparatas.
No sé, don Ramón, no podría usted hablar con ella?...
¡No!
...A usted le respetan. Jakelín dice...
¡¿Cómo?!
Jakelín dice...
¿Quién?
La chica.
¿Pero no era gallega?
Sí, pero se llama Jakelín, con g de jota.
Ya, ya...
No, Ya no, Ja, Ja, Jakelín. Se lo puso una tía suya muy finolis que vive en la Coruña.
¿Qué dice?
¿Quién?
¡Jakelín, carayo, quién si no!
¡Ah, sí!. Dice que en su casa se le aprecia y que su padre tiene todas sus novelas.
¡Pero si no sabe leer!
Es igual, pero los libros los tiene muy repasaos por fuera y se sabe de memoria el número de páginas de cada uno, don Ramón. Ese hombre es muy memorioso, como dice la mi Jaki.
¡Sopa!

Era un diálogo entre besugos, aunque sin duda el genial manco, dentro de lo disparatado de la cháchara y de la propia situación, parecía controlar otra vez la escena y tener a aquel hombre a su servicio ocupando el puesto de Saturno.
Estábamos llegando a la casa del gallego y empecé a rebullir dando señales de vida.

¡Quieto, quieto, marrano, que ya te dejo en la cochiquera!, rugió el gigante sujetándome el culo y apretándome contra su cuello como si verdaderamente llevara un gorrino al hombro. Yo me debatía allí arriba dándole a les patuques, hasta que intervino don Ramón.

Pósalo, Sebito, que el pollo ya puso el huevo.

Me dejó con mucho mimo en el suelo y soltó una risotada como un huracán sin dejar de agarrarme por los brazos. Me sacudía con la convulsión de la carcajada como si fuera una batidora.

¡Suéltalo, carayo, que lo vas a desgonciar!, chilló Valle.

Eusebio, que así se llamaba el hombretón, me soltó sin dejar de reír.

¿Cómo va ese baile, tanguista?, dijo Valle en un trémolo nada más verme quieto parao a la altura de sus quevedos, mirándome entre atento y burlón.
¿Qué tal, don Ramón?
Se ha hecho usted de rogar, pillastre.
¿Quién yo?
¡No, Sebio, no te jeringa! ¿Con quién estoy hablando, filete!
Perdone usted, aún estoy un poco desubicado.
Pues espabile y ubíquese que hoy le tengo preparada una sorpresa. Y penetramos en el jardín.

Inmediatamente pensé en el chibuquí y sin pausa en Tejerina, la mujer del viejo.
¿Cómo está su señora?, se me ocurrió preguntar pasándome de atento. ¡Buena la armé!
¡Lagarto!, berró él frenando y girándose, ¡Lagarto, no me mente a la bicha, pollo, que le afeito la cresta!, e hizo con  la mano el gesto de cortarse el cuello.

Entramos en la casa a oscuras y en silencio. En el vestíbulo Valle encendió una palmatoria y atravesamos el pasillo en fila india hasta la puerta del sótano. La bajada por la escalera medio acaracolada fue fantasmal con aquella luz, pero al llegar abajo Eusebio prendió unas lamparillas de aceite bien repartidas que permitían una buena visión del subterráneo.

La sombra del chibuquí.
En la bodega del Manco 2012.

Recordaba la noche aquella en que se había presentado la Guardia Civil, cuando estábamos a punto de probar el material que el legía de Vigo le había pasado a don Ramón y, sobre todo, de hacerlo en el famoso chibuquí que el genial arousano había mercado a un turco en Atenas. El sargento de la Benemérita hablaba de un asunto turbio de pederastia y prostitución de menores en el que el gallego estaría enredado. No volví a saber nada más de aquello y pensé que tenía que tantear al manco al respecto.

Pero ahora lo que me traía a mal traer era el chibuquí que el viejo había escondido, aquella mentada noche, en una estantería llena de trastos junto con una bolsita de cuero con el marrón.
Y no tardé en encontrar la sombra del chibuquí en la pared de la bodega y enseguida la fina y larguísima pipa que ya conocía.

Mas lo que pasó después fue otro sueño, porque éste acabó aquí.


Glenn Gould. 2/4 Goldberg Variations (HQ audio - 1981)

Salud y felices sueños.

Ramiro